miércoles, 24 de agosto de 2022

SURFACING

 




Salir a la superficie.

 

La superficie es la tabla de madera de una mesa, la superficie es la capa de hielo que te impide caer o escapar del agua helada.

La superficie es la tierra de mis plantas que no logro saber cuándo hay que regar (riéguese cuando la superficie esté seca o cuando, al tocarla con los dedos, no note humedad) pero cómo saber cuándo algo está húmedo o está seco si solo puedes tocar la superficie.

La superficie es lo que no está en el fondo.

La superficie es lo que ves y lo que arañas y lo que rayas y lo que pisas y lo que ensucias.

La superficie también es lo que ocultas con una alfombra, lo que barres y friegas, lo que lijas lo que pules.

sales a la superficie vives en la superficie

crees firmemente en la firmeza de las superficies por las que caminas y colocas tus cosas

¿o no?

Porque caes y ruedas y te haces daño

Porque te hundes y entonces la superficie queda mucho más allá de la superficie de lo alcanzable

Porque siempre andas buscando remedios para seguir

 

manteniéndote

 

a flote

martes, 9 de febrero de 2021

MI CALCETÍN DE OCHOS

 



Desde hace unos años me he aficionado a tejer. No sé realmente por qué se me ocurrió, de repente, rozando los cuarenta, que iba a ser una actividad entretenida. Alguna de mis abuelas tejía, puede que incluso las dos. Recuerdo agujas de tejer, recuerdo habérmelas metido debajo del brazo, puede que también recuerde una cesta de labores con ovillos y esas agujas alargadas clavadas en ellos, y también recuerdo a mis tías, o mis abuelas, previniéndome de que tuviera cuidado con las puntas. Recuerdo que cuando me escayolaron la pierna un verano, mi tía Jose me advirtió de lo peligroso que podía ser meter la aguja en el espacio entre la escayola y la piel para rascarme, porque podía hacerme una herida, y si se infectaba, podría morir. Mi madre también me advertía de que no jugase con sus ganchillos, que podían clavarse en los ojos. Porque mi madre no tejía, ella hacía ganchillo. De hecho, hace poco me regaló sus ganchillos antiguos, los guardo en mi propia caja de labores y los utilizo para recuperar mis puntos perdidos. Son de metal, alguno está un poco oxidado y tienen la numeración en inglés.

Yo tejo con agujas circulares porque son otros tiempos. Siempre lo son, a pesar de que, de una forma u otra, también sea lo mismo.

Ahora estoy tejiendo calcetines. Empecé los primeros hace tres años, pero ni siquiera los terminé. De hecho los deshice y he reutilizado su lana para hacerme un jersey este invierno.  Al principio no me gustó tejer calcetines. Me resultó difícil y cometía muchos errores, así que me desmotivé, pero hace unos meses volví a intentarlo. Tejí unos calcetines para mi hija. Un patrón con ochos. Como si no tuviera bastante con dominar los puntos en espera del talón y la magic loop. Todo fue muy bien hasta más o menos la mitad. Cuando casi estaba llegando a la solapa del talón, cometí un error. Miré el ocho con terror. No parecía un ocho. Había puntos del revés donde debiera haber del derecho y, además, faltaba un trocito de uno de los lazos. Cierto que era un trocito muy pequeño. Tan pequeño que, pensé, qué importancia podía tener. Lo miré y lo remiré. Guardé el calcetín a medio tejer y volví a sacarlo para mirarlo de nuevo. No es tan pequeño para que no se note. Es seguro que, si no lo deshago y vuelvo a tejerlo, no va a quedar perfecto. Aunque también puede pasar que, al deshacerlo, no sea capaz de rehacerlo con exactitud y quede la lana retorcida, imperfecta.

Volví a guardarlo de nuevo en la caja de labores.

Tras unos días pensando en ello, he decidido dejarlo así. Tampoco se nota tanto. Puede que la gente que lo observe de cerca, esa gente que es muy perfeccionista, incluso arrogantemente exigente, se dé cuenta y lo mire por encima del hombro de su propia perfección. Pero eso no me tiene que intimidar. El otro calcetín no tendrá ese error, así que de alguna manera se compensarán, y, además, podré distinguir el derecho del izquierdo. O simplemente no importa en absoluto que no esté perfecto. Es un calcetín hecho a mano, por mí misma, es mi calcetín.

domingo, 1 de noviembre de 2020

TARDE DE OTOÑO ESPERANDO EL AUTOBÚS

 




A veces siento que la maternidad me destruyó.
Nada, eso

Pero 
la mayor parte del tiempo
lo único que importa 
es...
tocarte es la punta de un ovillo que lo envuelve todo
creo que tu suavidad es resistida porque podría 
desarmar el mundo.

Marina Yuszczuk, Madre soltera

El niño lloraba desesperado mientras yo esperaba el autobús. Estaba el tiempo frío y desapacible, me había acercado al muro que hace esquina buscando un refugio contra el viento. La madre intentaba que el niño anduviera, estaban los dos en medio de la acera y el niño gritaba, pataleaba, la madre llevaba una coleta y un paraguas de Spiderman, el niño un uniforme de cuadros rojos y verdes. La madre intentaba averiguar qué le pasaba, por qué no quería andar, se agachaba para hablarle a su altura. Cuando les vi, al principio, pensé que ella no era su madre, que era alguien contratado que había ido a buscarle al colegio. Pero era evidente que era su madre, no por la forma en que él lloraba, sino por la forma en que ella resistía. Había algo en su forma de tirarle de la mano que llevaba implícito una rendición, el conocimiento anticipado de que tarde o temprano, ella iba a perder, aunque probablemente no en ese momento.

Mi autobús no llegaba y los dos seguían interpretando su particular tragedia de la media tarde. Los transeúntes pasaban a su lado y se sentían incómodos, molestos por ese drama del que no podían desentenderse, y que agredía profundamente la grisura de sus carreras hacia algún destino, interrumpidos sus pensamientos, injustamente testigos de algo que a ellos no les había pasado nunca ni les pasaría.

Entonces, cuando parecía que la tarde contenía el aliento a la espera de un hecho definitivo, la madre cogió al niño en volandas y se echó a andar. El niño se calló inmediatamente, apretó los brazos sobre la coleta de su madre, que se encaminó hacia una calle más allá, como si no hubiera pasado nada, como si ignorara que sus brazos habían sellado una grieta, acarreando a su hijo y el paraguas en la otra mano. En ese momento llegó mi autobús.

sábado, 17 de octubre de 2020

MÁSCARA



Cuando llegaron las máscaras empezamos a besarnos con nosotros mismos como nunca lo habíamos hecho. 

Nos besábamos a nosotros mismos por la mañana y por la tarde, bajando la basura y cogiendo las cacas del perro, en el baño del trabajo, en el ascensor, en las escaleras y en el bar y en el pasillo, en la tienda mientras nos probábamos un jersey, en el supermercado, y mientras nos hacían una revisión ginecológica.

Y los olores cobraron otra dimensión, los nuestros y los de otros, traspasaban la barrera azul o negra o blanca, y nos llegaban desvirtuados, impreso en ellos el plástico, el poliestireno, la saliva, la pasta de dientes, las minúsculas hebras de restos podridos escondidos en la catedral húmeda de la boca. Dientes, lengua, aliento.

Me autobeso por la mañana cuando la acritud de los sueños incuba humedad en la cúpula de mi máscara recién estrenada, me autobeso en el autobús ahogándome en vapores de café, casi puedo sentir cómo crecen, cómo me recorren la barbilla y los labios y la lengua, esos seres diminutos que, sin duda, han nacido en ese ambiente propicio y me parasitan y me comen y me producirán un incómodo acné. 

Me autobeso cuando acabo la jornada y acumulo en mi boca y en el espacio que la cubre un olor avaro, una náusea autofagocitada, el peso de los informes y los expedientes y las rutinas como vahos infernales con los que no me queda más remedio que convivir. (Excepto los sorbos de cerveza y los trozos de pincho de tortilla, y el rato que me la quito a escondidas, y cuando me estrecho con mis contactos  estrechos, aprendiendo palabras nuevas y nuevas costumbres y nuevos autoengaños como besos robados).

Hasta que llego a mi casa a la noche para separarme de mí misma, y como un dragón echo el fuego de mi interior, libre, peligroso, cargado de negros presagios, al aire privado de mi piso, y la arrojo a la hoguera de la basura o del cubo de la colada, como un sicario que mata al testigo que podría declarar contra quien le ha contratado.

domingo, 22 de marzo de 2020

Alarma IV


Si anudas el vientre de tu angustia
al reloj de las rutinas
verás que por mucho que intentes cumplirlas a rajatabla
y creas en ellas a pies juntillas
se hacen trizas en cuanto nacen 
porque el único ritmo que marcan ahora tus pulmones
es la improvisación
y el color con que pintamos es un color hecho de gotas al azar en el tubo de un fauvista 
esa mixtura señala el comienzo de la Nueva Era 
y la estridencia del canvas nos calmará 
y el ruido ensordecedor del silencio de las calles nos hablará una nueva lengua que entenderemos espontáneamente 
porque las sombras que nos acosan camufladas en patinetes eléctricos se han esfumado 
convertidas en jirones de vapor que recogen los repartidores y los policías y los sanitarios los encierran en cofres que cubren con cemento 
en praderas sin dueño ni vacas
en la coartada de los sueños por venir

viernes, 21 de febrero de 2020

44

Llega febrero e ignoro todo sobre el nacimiento de mis perros. Los perros no tienen partidas de nacimiento. Les echo tres o cuatro años pero no sé nada de sus padres ni sus madres, si fueron cachorros raquíticos, si alguien guarda sus cordones umbilicales. Al contrario, como si esto fuera un dato relevante, sé que yo nací un domingo a las 20 horas.
Mi padre escribió una entrada en su diario el día de mi nacimiento Ana María, un bebé precioso, una niña. Estaba ya en casa cuando lo hizo, de madrugada, al volver del hospital después de haberme conocido, escribió esa frase y algunos datos más, como la hora exacta en que vine al mundo y mi peso, se sirvió una copa y brindó. Vino a recogernos en su 127, que se averió. Salimos de la maternidad con aires democráticos; fui un feto sin derecho de reunión, pero el día que salí a la calle por primera vez, principios de marzo del 76, día templado en Pamplona, me encontré con una manifestación autorizada y un taller mecánico. Qué manifestaban y qué pasó después no lo sé con exactitud. Mi padre no siguió escribiendo el diario y sus páginas permanecen mudas. Ese marzo cumplió veintinueve años. 
En esas páginas amarillentas he encontrado una clave secreta para salvarme de mi edad reordenando el vacío y ocupando los huecos con material de derribo. 
Cruzo de nuevo todos los umbrales que crucé después del primero, sin miedo a cometer fraude ni perjurio. Mis manos son las mismas 44 años después, las mismas que escarbaron la tierra extranjera donde derramé el semen de mi juventud, las que trenzaron flores de azahar y palparon cuerpos que ahora son polvo y son huesos en la oscuridad del panteón. 

viernes, 14 de febrero de 2020

Ars erótica (Otro poema de amor)




Sí, has leído bien, no pretendo ser original, adoro la copia y el collage
(Si dejas de leer ahora mismo, no te lo reprocho; pon el punto final, yo lo haría sin dudarlo)
.

Porque… ¿qué puede aportar un poema más sobre el amor? ¿qué es el amor? 
¿Acaso el amor, como la poesía, eres tú, clavando tu pupila azul (o marrón) en la mía? 
Puede ser. O puede no ser.

Amo de igual forma a hombres y mujeres, así que tu género no te evitará la desgracia de mi amor.
Amo a mujeres morenas de enormes ojos negros que un día destruirán el mundo y que huelen a la magdalena de Proust pero también me gustan las rubias sobre todo si huelen a cerveza

Pero también amo a hombres, a hombres que se parezcan a Proust, que sean el mismo Proust, hombres que sean bonhomme de lettres, para jugar con ellos al esprit d´escalier, hombres que me citen en un cul de sac, cualquier cosa en francés, al que, por otra parte, soy muy aficionada, ya que es el idioma del arte moderno y de la liberté.

Si has llegado hasta aquí te felicito, porque no solo voy a hablar de mí.
Tienes suerte de ser persistente. Porque este poema de amor va a desvelar el gran secreto del amor, del amor fisiológico, del amor PROTOTIPO.

Ahí va.

El amor es un rayo láser que sale de la punta de los dedos y taladra y quema, y, si te toca de forma amorosa, puede matarte. Aunque por otro lado es una energía muy ahorradora, y casi siempre funciona en otro programa, mucho más inocuo.

El amor es un señor de gafas.
El amor es la niebla posada sobre un río cercano.
El amor es una peli de miedo coreana sin subtítulos.
Amar es el Bronx en los peores tiempos del Bronx.
La heroína y la penicilina.
Amor es imnosis y parálisis y te equivocas en uno y otro caso.
Amar es dirigirte a una pared a 150 kilómetros por hora y la pared resulta de acero o de papel maché indistintamente
El amor es mi amor cantando la canción de los boy scout japoneses.
Amar es mear en la pirámide del desierto porque quieres marcar tu territorio mientras clavas una bandera en la piel de la piedra, de la que mana sangre mientras tú te ríes.

Todo esto es, y probablemente alguna cosa más.

Añada Usted lo que crea conveniente, anyway. Hagamos juntos el amor.

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domingo, 9 de febrero de 2020

Duchamp o mis problemas con las cisternas


Tengo un problema con las cisternas 
Las acciono y se quedan accionadas 
Se mantienen en funcionamiento mucho más tiempo del necesario 
Les doy larga vida chorrean o simplemente gotean pero siguen manando hasta que tengo que regresar al baño para ver qué sucede con ese agua que corre ya sin necesidad ni obligación ese agua que se ha rebelado un agua que gasta que consume que es un pecado contra la ecología y el ahorro y el descanso de la noche 
Vuelvo a apretar una dos tres veces, me esmero en hacerlo conforme a los usos y costumbres, primero más despacio, después con saña hasta que, a veces, el río deja de fluir y se hace el silencio y la sequía, y otras, las más, persiste.
Una vez tuve que cerrar la llave del agua,  así estuvo varias semanas hasta que me acordé de llamar al fontanero
Me pasa que no llego a comprender el funcionamiento de las cosas, incluso las más simples, observo con sorpresa los mecanismos, los que todo el mundo parece dominar, ese mundo eficiente que me rodea, que podría darme envidia pero me da un poco de lástima, porque ser tan profesional y apto para la vida debe de ser muy cansado, casi aburrido
Pero, pensando en la factura y en el cambio climático, acciono again, a ver qué pasa 
Pronto se descubre mi impostura y mi imposibilidad con las cisternas 
Me acostumbro al rumor de fuente 
Se abre un un camino oscuro de cal en la loza blanca
Yo voy disimulando. Cuando no haya más remedio volveré a cerrar el paso del agua o buscaré un fontanero, pero mientras tanto, sigo acariciando mi duda existencial: ¿soy el maestro que hay que matar o el rebelde que llega para ocupar su lugar?


jueves, 30 de enero de 2020

Portal 1

El umbral de un piso, descansillo, el umbral de un cuarto, el dintel bajo el que atisbo el recodo de la habitación 
Umbral del mundo es mi vagina
Y la de mi madre 
Umbral de mi mirada mi párpado 
Me quedo en esa frontera donde soy extranjera 
Donde puedo mirar sin meter la mano en una masa que se me va a quemar o quedar pastosa
Porque si introduzco la mano o la punta del pie, si piso el interior, ya será demasiado tarde, porque entonces adquirirá la cualidad de lo que es, será algo definitivo que se debe escribir o inventar o contar al psicólogo porque no lo puedes soportar, porque duele, porque ya no puede ser de otra forma, y probablemente alguien ha muerto, y las cicatrices de apendicitis y de episiotomía no se pueden ignorar, son de color ceniza sobre el templo sagrado de la virginidad, y palpitan cuando el viento cambia de dirección, testigos de los perros que han sido maltratados en el rodaje de esta película.

martes, 17 de diciembre de 2019

V. debemos investigar nuestro dolor. 17diciembre2007




El dolor es una ventana a la que me asomo en primavera, es una ventana que da al norte, ventana de la sala de espera de un hospital, a través de ella observo asombrada cómo me separo definitivamente del mundo hasta ahora conocido, mi persona se despega como si fuera un adhesivo y atrás queda el lugar donde estaba pegada, donde descansaba tranquila, y ahora estoy en la punta de unos dedos que me posarán en otra superficie, intentando sin éxito que quede impecable, como si siempre hubiera estado pegada allí, en ese nuevo lugar, alisando las arrugas o la esquina que se empeña en despegarse o ese pelo de perro que se queda atrapado entre la nueva superficie y mi persona repegada.

Miro y veo las otras figuras que me acompañan y ahora componen el mundo, preguntándome si me acostumbraré, aunque ahora esté desgarrada, aunque me estén aplanando e intenten esos dedos colocar mi cabeza, que, al despegarla, han rasgado y queda desprendida de mi tronco, intentan esos dedos colocarla con mucho cuidado, ajustarla al milímetro para que no se note, pero no pueden evitar que quede una mínima línea delatora
que lo mismo puede ser un collar ajustado a mi garganta que el recuerdo de una soga.

viernes, 13 de diciembre de 2019

IV. Analgesia pautada


Han ingresado a mi madre porque ya no soporta el dolor de su cuerpo.
En el hospital yace a su lado una anciana que solo parece seguir viva cuando le tocan, grita lastimeramente.
Atiéndame, le dicen a su hija sobrina contratada por horas, es muy importante, escuche, la analgesia está pautada escrupulosamente.
Cuando salgo y entro, en mis viajes al baño a la cafetería a respirar, espío a través de las puertas entornadas.
Descubro a un hombre con barba que sorbe sopa, parece alguien que está en un lugar equivocado y me pregunto por qué y sé por qué, está peinado y es atractivo y no parece enfermo, conserva su color y su porte de jefe de algún departamento.
También está esa mujer excesivamente delgada que no parece joven ni vieja y que antes paseaba su melena gris por el pasillo y ahora lee en el sillón del acompañante sin acompañante.
O esas piernas que se ven tras un biombo que parecen no tener dueño.
Siempre hay alguien con oxígeno y muchas batas y acompañantes entretenidos suspirando,
agobiados impacientes el doctor puede pasar hasta las tres sentados o en las puertas con el móvil y el rictus serio o los brazos cruzados porque cuando llega el médico a los sanos nos echan como si la visita médica fuera un interrogatorio o no hubieras visto ya suficiente de tu padre o tu madre o tu hermano, como si un oscuro secreto pudiera existir aún y ellos tuvieran acceso a él sin derecho a un abogado 
Una enfermera rubia sale de una habitación lleva un uniforme diferente a las demás y me pregunto por qué si será estudiante o alguna especialista o simplemente alguien original también me pregunto si ha sido políticamente correcto pensar que era enfermera y no doctora o incluso la gerente del hospital pero las doctoras y las gerentes tienen otro aire sus coletas rubias no se balancean así
Lo que sí queda claro es que esa juventud  me resulta insultante su agilidad de mariposa baila y brilla contra las superficies de materiales fácilmente desinfectables
no deberían abofetearnos con sus frescas presencias sus risas cómplices recién repuestos los dientes de leche con manitas aún sin formar que introducen termómetros e instalan vías
aunque igual ellos las prefieren así porque de alguna forma tienen que entretenerse, y las ven como un desfile de otros tiempos una telenovela un deja vu
Ellos
Los enfermos 
Los viejos 
Los doloridos 
Y yo digo ellos aún
No nosotros 
Porque aún no soy uno de ellos 
Como tampoco soy enfermera 
Ni doctora ni la gerente siquiera 
Solo soy todavía acompañante
Me avalan mi labor y mi libro
la acompañante de la cama de enfrente se empeña en hablarme no me interesa esa hebra le espeta mi sonrisa helada y mis ojos palpan la lana, y su tacto y su olor me reconfortan como mi perro que no puedo traer o las letras de ese libro que no abro ni abriré porque aquí no hay quien se concentre aunque esas letras que hablan de errantes y de historias deshilachadas serían capaces de aplacar el dolor del mundo 
Entra un grupo de trabajadores indeterminados y nos vuelven a echar adiós mamá ahora vuelvo y en la puerta, la acompañante de la cama de enfrente, vais a pedir el alta con lo bien cuidada que está aquí, y mi madre es un pajarito o una lombriz en una caja de olores químicos
Y yo echo de menos a mi perro que no puedo traer aquí y no lo entiendo porque este lugar olería mucho mejor estando él, olería a cuadra de verdad y no a lejía aguada ni a algo que amenaza ser tóxico y contagioso y no logro descifrar
algún día impedirán entrar también a las visitas que enfilan el pasillo endomingadas de dos en dos parejas perfectamente conjuntadas matrimonios que son como sociedades anónimas y se sentarán o quedarán de pie frente a la cama donde un pariente vecino amigo parienta vecina amiga de la infancia se esfuerza por relatar con coherencia la historia que le ha llevado hasta allí mientras desarruga las sábanas ásperas y el camisón más o menos azul 
Como su piel 
Como la bacinilla que asoma su brazo debajo de la cama
Y repiten y se repiten
La indiferencia de la repetición
La agonía del círculo infinito 
Donde se pierden 
Y se sienten bien y seguros 
En un laberinto que rueda como el juguete de un hámster
Son Infatigables 
Irreductibles 
Agitan los cables que les conectan al suero 
Sin dejar de repetir 
Pues si 
Ya ves
Y los otros las visitas asienten porque dentro de un tiempo sus papeles se intercambiarán intentan quedarse con algo de lo que cuentan para luego poder repetirlo y ofrecerlo de vuelta como un taper vacío 
Han puesto el árbol de navidad
Mi madre y yo hemos presenciado su paulatino montaje en las idas y venidas del paseo de pasillo 
Primero solo un esqueleto verde 
Luego unas bolas blancas 
Cuando salgo del hospital a la noche lo rodea una cuerda de luces que se encienden y se apagan pautadas escrupulosamente 
No es la primera vez que estoy en un hospital ni será la última
No olvido las otras ocasiones ni mis otros enfermos y sus habitaciones indecentemente caldeadas ni tampoco a donde daban sus ventanas 
Recuerdo las camas articuladas donde alguna vez yo descansé brevemente mi apéndice mi parto mi aborto 
Y recuerdo sobre todo el dolor de un flexo que me quema la pantorrilla mientras manipulan mi interior y yo trato de discernir si duele más la piel la víscera o mi recuerdo 
Porque duele 
Siempre duele
Por qué escribes sobre el dolor, me pregunta él,  
Y yo no sé qué responderle, porque no lo sé 
Mi madre volverá al hospital para que averigüen de dónde procede su dolor tanto como es posible averiguarlo
Entraré por ese pasillo seguiré la línea buscaré el número en la puerta con los nudillos pum pum y entraré dispuesta a escapar otra vez

sábado, 7 de diciembre de 2019

III. Cartas a mi pierna amputada

Qué es lo que en realidad me espolea cuando siento dolor y hormigueo si mi pierna fue de mí separada y flota en alcohol, el dolor, pues, no tiene justificación lógica alguna y, sin embargo, existe
Olga Tokarczuk, Los errantes
A veces siento que podría volver a esos espacios perdidos con solo desearlo, como quien regresa a un lugar conocido del que aún recuerda el camino, abriría la puerta y encontraría a aquellas personas, aquellos escenarios, las cosas que tenía y ya no tengo.
Los paisajes arrancados han dejado esquirlas tipo metralla, pero yo no sueño con edificios bombardeados, sino con salas de espera de estaciones, de aeropuertos, con autobuses que no llegan o que pasan de largo
porque soy una lámpara hecha añicos que sigue alumbrando.
Y mis sueños son casas que voy a reformar

lunes, 2 de diciembre de 2019

Soy masoquista. Parte II

En realidad eso que contaba no ha pasado nunca 
Respeto la azarosidad del dolor 
Las puntas de mis nervios conocen la capilaridad de ese daño que sucede sin más 
Las estalactitas blandas que cuelgan de un cólico
El laberinto ardiente de la migraña 
El cepo sorpresivo de mis dientes sobre la lengua

Pero he renunciado a la necesidad de ser víctima
elijo al verdugo

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Soy masoquista


Parte I

Resulta que soy masoquista
Me clavo las uñas en el interior del muslo hasta que la sangre humedece la sábana
Dejo que las gotas florezcan
Como gemas incrustadas en la herida
Y me sorprende que procedan de mi interior
Me pregunto si cuando están dentro lucen el mismo color, la misma textura
Si ellas están también sorprendidas de su nuevo aspecto ahora que besan el aire

Sé que después va a dolerme aún más
Pero no puedo parar, continúo sobre la parte interna de mis brazos, y mi nuca
Sigo algo parecido a un plan
He buscado un lugar solitario donde nadie me pueda interrumpir 
He elegido las partes más tiernas de piel
Me he dejado crecer las uñas
Las he endurecido con productos cosméticos y las he afilado con una lima
Me detengo en el momento en que la piel se rompe 
Para continuar después un poquito más
Siempre se puede un poquito más
Siento que estoy viva y que estar viva es esto
No se puede elegir no sufrir
Me limpio con un tisú 
Miro mi obra, me vanaglorio, me arrepiento 
Después vendrá el escozor
La costra
la cicatriz

viernes, 11 de octubre de 2019

La ventana



La ventana tiene dos batientes
Los dos son iguales, aunque lo más correcto sería decir que los dos parecen iguales 
Son de madera blanca y están partidos en cuatro rectángulos alargados de cristal
El cristal muestra gotas de lluvia polvorienta, aunque lo más correcto sería decir que es contaminación, humo de los tubos de escape de los coches, porque la ventana se abre a una carretera nacional.
Estoy tumbada en la cama y miro la ventana y escucho el ruido de los coches al pasar 
El cielo está nublado y yo estoy nublada, aunque lo más correcto sería decir que estoy triste
Aunque no estoy exactamente triste
Solo miro hacia la ventana que se abre hacia la carretera nacional y pienso que soy como todo el mundo
Soy un coche que recorre una carretera nacional y contamina un poco mientras su motor despierta a otras personas que después miran por ventanas que dan a la carretera y durante unos segundos se fijan en mi coche que pasa
Miro por la ventana y oigo coches que no veo porque solo veo el cielo gris 
¿sería más correcto decir que mi pelo es gris, que mi alma es gris, que hay una zona gris que se expande más allá del recuadro de cielo gris?
Y yo meto los dedos en ella y revuelvo. Es como el mercurio, venenosa y brillante, meto más los dedos y toco en el fondo la gelatina blanda de mis sueños

***
Miro por la ventana 
La ventana tiene dos batientes
Si cierro la ventana un batiente se cerrará sobre el otro 
Así lo hacen los fabricantes de ventanas para que encajen 
Es algo sencillo si has aprendido el oficio de fabricar ventanas
Después de hacer diez, cien, mil ventanas
Y yo desde aquí 
Desde mi experiencia seglar de cerrar ventanas
ventanas de cuchilla, ventanas deslizantes, ventanas oscilobatientes
No atino a adivinar sobre qué lado se cierra 
Cuál de los batientes tengo que cerrar antes para que los dos encajen 
Y así no entre el frío
Ni la contaminación
Y el ruido se amortigüe
Por lo que sigo pensando
Elucubrando 
Haciendo conjeturas 
Frente a la ventana
Blanca
Abierta

viernes, 28 de junio de 2019

ESTRATOS




Abrí el corazón de mi ex marido para ver qué había dentro.
Quería encontrar algo mío allí, una manía, una forma de hablar, aunque fuera un pelo.
Lo que encontré fue un pelo de nuestro perro, que murió hace un año. Supongo que habrá barrido todo bien, habrá pasado el aspirador o incluso se habrá comprado una roomba, ha comenzado una nueva etapa y me alegro. Aunque un pelo mío no sería para tanto.
Soy una mujer de ciencias. Una geóloga. Por eso sé que estamos formados por distintas capas que se nos van añadiendo, que se compactan y mutan, formando cordilleras y simas, cuevas y valles. Llenas de sedimentos y de objetos de otros tiempos que podemos estudiar si logramos llegar a ellos, que nos ayudan a entender nuestra evolución, nuestro pasado, incluso qué nos cabe esperar del futuro, qué corrimientos nos pueden hundir o partir.
Mi carrera como geóloga comenzó el día que me corté con un cuchillo y, tras la sangre, con bastante dificultad y un punzante dolor, brotó de la herida un erizo petrificado. Logré reconocer en él mi niñez, y aunque esperé, no salió nada más. Poco después me operaron de apendicitis, y los médicos tuvieron que cortar una capa adicional de músculo y vísceras. Según el informe del cirujano, se trataba de un estrato añadido por alguien de forma poco profesional; me disculpé por haberle hecho trabajar de más, y él, amablemente, respondió que no pasaba nada, que estaba acostumbrado, que nos pasa a todos, que a veces faltan órganos y otras veces sobran.
Pero estos métodos son demasiado agresivos. Abrir corazones. Cortar carne con un bisturí. Así que me planteé la posibilidad de estudiar las capas geológicas de las personas al tacto; supuse que mientras algunas se encuentran muy en el fondo (como los grafitos de mi puño y letra en los huesos de mi hermana) otros estratos se encuentran mucho más afuera. Son estos sedimentos superficiales, aún no compactos, los que me interesan, ya que muestran algo que está cambiándolo todo, pero aún no, lo incipiente, lo incierto, algo que puede ser o no ser, lo que aún es maleable. 
Me dedico a palpar a todo aquel que conozco. Toco frentes, aprieto antebrazos, introduzco mis dedos en bocas previamente aseptizadas, y entre los huecos fibrosos de las costillas. He probado con las manos, con la lengua, con los pies, con el vello de mi cara.
Intento sacar conclusiones al acariciar esas capas apenas perceptibles. Las fotografío, las comparo, las observo durante horas. Intento actuar sobre ellas, como si fuera un Dios o el mismo destino. A veces creo dar con algo. 
Luego me llevo la mano al cuello y siento que en el hueco de mi garganta se está formando una bola del tamaño de una canica e intento imaginar cómo será el otro geólogo, no yo, sino la persona que la descubra, entre el polvo de huesos y madera, o mediante una tecnología aún no inventada, y me figuro qué es lo que podrá averiguar y aprender de esa bola de mi garganta, mientras me la toco y siento que mis manos son las suyas y que la presión que ejerzo en la piel ya me ha transformado..