martes, 26 de abril de 2016

Gatos atropellados

Ya llevo cuatro gatos la última semana. Digo gato aunque es imposible identificar el animal concreto de que se trata. Digo animal por su tamaño. Podría tratarse en realidad de un bebé. Pero se intuye piel cubierta de pelo y cierta consistencia inhumana.
No sé qué animales son. Sólo sé de la sangre, de carne aplastada y apelmazada contra el asfalto. Me sorprende la capacidad del ojo para retener una visión de segundos para luego recordarla vívidamente. Es como si mi cerebro pudiera rebobinar, pasarlo a cámara lenta. Me recreo en ello a la tarde, a la noche, en los momentos de angustia.

Me preocupa la visión de los gatos despanzurrados porque uno ve lo que quiere ver. 

jueves, 14 de abril de 2016

Descanso



Helena removía el café sin parar y tenía un tic, un pestañeo insistente cuando abordaba el meollo de la cuestión. Me hablaba de muchas cosas, íntimas, mientras sentadas al fondo del bar nos tomábamos un descanso. No me creía ni la mitad de las anécdotas que hilaba una tras otra. La mayoría con un matiz violento de alguna u otra manera. Por ejemplo, tenía un vecino que la acosaba. Llamaba a su puerta pidiéndole un huevo o un limón y se hacía el encontradizo en el rellano.

- Puede que sea una coincidencia. – le decía yo.

Tampoco la conocía para tanto. De vuelta en la oficina nunca me hacía demasiado caso. Yo intentaba escabullirme a la hora del descanso, pero me agarraba del brazo con confianza. Necesitaba que me hiciera un favor y no me convenía llevarle la contraria.

Un día me contó que le habían atracado. Parecía que fuese a llorar cuando relataba el episodio. Su rostro se embellecía al temblar y yo la envidié, también por su capacidad para inventarse una vida interesante. No sé por qué no me creía que en realidad sí la tuviera.

Después nos quedamos un momento sin conversación. Alargó una mano y la puso sobre la mía. Me sentí extrañamente incómoda pero por una vez su cercanía me pareció auténtica. Entonces dijo que estaba agobiada porque hacía mucho tiempo que no tenía pareja.

- Y ya sabes cómo se pone una cuando pasa mucho tiempo sola.

No sé, no estoy sola, hubiera querido decir. Pero no era verdad y a mí no me salían las historias tan bien como a Helena.

- Pero me gusta alguien. – me dijo.

¿Quién podía gustarle? En realidad no sabía nada de ella. De pronto me sentí culpable, como si fuera por una falta mía que no nos hubiésemos hecho amigas. Así que le conté que en los baños de ese bar, hace mucho tiempo, me besó una mujer. Entonces era un bar de copas, la barra era más ancha, la zona de paso mucho más estrecha, había luces estridentes y no servían café. Esa mujer era mi amiga. Esperábamos en la fila a que el baño se desocupara, puede que pintándonos los labios, y entonces se acercó a mí y me dio un beso en la boca. Podía haber sido simplemente un beso, pero yo entreabrí los labios y pasó a ser algo más cálido y excitante. Perdí la noción del tiempo durante ese beso. No hubo más, ni esa noche ni nunca después. Tampoco volvimos a hablar de ello. Nuestras vidas cambiaron, perdimos el contacto. ¿Había conocido este bar?. Helena estaba absorta. No sé si me escuchaba.

- A veces pienso en ella. 

No sé por qué se lo conté. No era algo reciente, ni tampoco estaba segura de que hubiera sucedido así. Helena removió lo que quedaba de su café, que estaría ya frío, y pareció dudar si bebérselo o no. 

-¿Vamos? – dijo.

Me sentí un poco ridícula mientras me ponía el abrigo y veía cómo se me adelantaba, su larga melena rizada, sus movimientos femeninos y seguros.

jueves, 7 de abril de 2016

Burdeos

Me desperté y lo primero que vi fue un pájaro en la esquina del edificio. El edificio de enfrente era un cubo de cristal que reflejaba nuestra fachada y el cielo. El pájaro estaba justo en el vértice izquierdo, el más cercano a la luz del amanecer.
Era todo lo que yo podía ver tumbada en la cama. No quería moverme y al parecer el pájaro tampoco. No sé qué clase de pájaro era, no parecía una paloma, ni tampoco una gaviota. ¿Un ave rapaz en medio de la ciudad? Él dormía a mi otro lado. No oía su respiración, pero sentía su presencia, algo que ocupaba la habitación y la enorme cama, yo que estoy muchas veces sola reconozco el cambio en la humedad, en la densidad del aire, que ocurre cuando estás acompañada.
Aún no le conocía tanto como para haber olvidado la sensación de no conocerle. Podía recordar qué era no saber cosas sobre él y solo suponerlas o imaginarlas. Ahora conocía algunos detalles e ignoraba muchos otros. Por ejemplo, si había hecho el amor con muchas mujeres. Y en qué le parecía yo diferente, si lo era, de todas las demás. Era una absurda teoría mía que las mujeres a las que han llegado mis ex amantes después de mí son mujeres perfectamente razonables. Mujeres dulces y generosas, buenas por naturaleza, que les han dado hijos a los que son incapaces de pegar, mujeres equilibradas que no montan números ni rompen puertas. Por qué mis amantes han pasado de mí a esas mujeres nunca lo he entendido, prefiero pensar que se conforman con una mujer más convencional, aunque no estoy segura. Cuando veía a la mujer de mi último amante, con sus dos hijos, en el parque cercano a mi casa, me venían a al cabeza las discusiones, las peleas, el aborto, los portazos y arañazos, los gritos descontrolados, que causaron daños colaterales, daños permanentes.
Con él aún no había pasado nada. Tampoco conocía a sus anteriores amantes. ¿Desde qué tipo de mujer se podía llegar a mí?
Me volví para mirarle. Su cara cerca de la mía, su barba oscura, la piel tersa de su frente convirtiéndose en un cráneo esquilado, como una bola de cristal llena de acontecimientos futuros, felices.
El día anterior, al llegar a la habitación, él me había tumbado sobre la cama y me había desnudado. No le dije nada y le dejé hacer, por miedo a molestarle o a que pensara que no me apetecía, porque sí me apetecía, aunque hubiera preferido deshacer la maleta, curiosear la habitación, antes. Me sigue sorprendiendo la forma súbita que tiene concentrarse en mí. Y aún así no resulta brusco sino todo lo contrario. La primera vez que hicimos el amor fue tan tierno que me emocioné, aunque hacía mucho que estaba sola y pudo ser por eso. No me hizo sentirme ridícula por llorar.
Era profesor. Lo había conocido en un bar donde se reúne la gente para hablar en francés. Por eso habíamos decidido venir aquí. Daba clases en un instituto. Francés, latín. Era más joven que yo, no demasiado pero lo suficiente para que me molestara. Le gustaba leer biografías y ensayos aburridísimos, vestía de manera despreocupada aunque sin llegar a ser desaliñado, fumaba, vivía solo, seguro que a veces no le apetecía ducharse o prepararse una comida saludable. Yo me preguntaba si su timidez de algunos momentos manifestaba cierta vulnerabilidad. Estaba enamorada de él.
Volví a mirar hacia la ventana, deseando que el pájaro no hubiera volado. Ahora se movía, picando algo o simplemente buscando equilibrio.
Él alargó un brazo y lo pasó por mi cintura. Su mano sobre mi cuerpo, una mano morena, una mano de dedos delicados pero fuertes, que aún olerían a mí. No quería que nos despertásemos, quería seguir observando el pájaro, pensando en silencio, sintiendo el lejano murmullo del tráfico ahí abajo, pero él se movía ya, apretándose contra mí, respirando sobre mi nuca.
- Mira, hay un pájaro ahí...
Cuando señalé a la ventana, el pájaro ya no estaba.

martes, 8 de marzo de 2016

El coche de mi padre

Tenía que llegar el momento, tarde o temprano, en el que tuviera que desprenderme del coche de mi padre.
Le fallan los circuitos de refrigeración. Hay que cambiar las ruedas. Los frenos tampoco están bien. En la lista que me presentó mi marido hace unos días había otros problemas que no pude retener. Pero no sonaban nada bien, en cualquier caso.
Ocupa un espacio extraño el coche de mi padre, con su matrícula bisbiseante, mudó de hábitat como un pájaro extraviado en el camino al sur.
Es un coche gris plateado del año 2000. Ya ha tenido una vida útil. Hace mucho que no recuerdo a mi padre conduciéndolo, aunque lo condujo durante años y en él me llevó como hija a muchos lugares, a vacaciones con el resto de la familia, a mí sola a algún sitio en el que había quedado con el entonces novio u otra cita lejos de nuestra casa. Cuando le pedía el favor de llevarme él se quejaba, aunque siempre acababa accediendo.
Pero ya sólo me puedo recordar a mí conduciéndolo. Rascando la escarcha las madrugadas de hielo. El olor de mi perro y los orines y vómitos ocasionales de mi hija han quedado impregnados en su tapicería.
Ya no huele a tabaco. En el cenicero, donde en su día ardieron las cenizas de sus cigarros, sólo hay facturas de gasolina y tickets de la zona azul.
Todavía hay arañazos que no sé dónde se produjeron. Yo he sumado algún otro, aunque no demasiados.
No merece la pena arreglarlo. Es un coche viejo. Podremos vivir sin él. Nos apañaremos. Tendré que coger más veces el autobús. O ir andando o en bici. Perderemos alguna comodidad y algo de tiempo. Pero nos acabaremos acostumbrando.
Cuando conduzco, escuchando la radio CD que añadí una vez que mi padre enfermó y el coche pasó a mis manos, acaricio el cuero del volante, que ya tiene mis huellas sobrepuestas a las suyas, tal y como en mi cuerpo sigue él existiendo, su adeene enhebrado en mis células. Lo acaricio y creía que no me iba a dar pena llevarlo al desguace. Lo llevará mi marido, yo no me ocupo de esas cosas.
Luego lo desmontarán, lo achatarrarán, desaparecerá y todos tendremos que seguir nuestra vida en su ausencia.

domingo, 21 de febrero de 2016

Desorientados

Mientras trabajo por las mañanas dejo mi coche en un parking cerca de mi oficina. Tengo un bono mensual. Dejo el coche muy temprano, cuando los espacios están casi vacíos. Sólo al final de mi jornada me cruzo con los que usan las plazas por fracciones. Como yo tengo una tarjeta electrónica con mi nombre, cuando salgo del ascensor enfilo directamente hacia mi coche. Cada cierto tiempo, alguien me sigue. Me ha visto apretar el botón correcto, torcer por el pasillo sin dudar. Ve en mis pasos la decisión de quien sabe a donde se dirige. Pero ellos tienen que validar el tiket. Yo aparco mi coche en el extremo opuesto a las cajas. Sé que se equivocan pero nunca me he decidido a corregirles. Veo cómo caminan tras de mí, a una distancia prudencial, y cómo se sorprenden al escuchar el pitido de apertura de mi coche. Yo me meto casi como si me fueran a robar. Cuando arranco y enfilo la salida esas personas siguen ahí, de pie, mirándome asombrados, defraudados. Alguno hace un ademán interrogante. Les veo por el retrovisor volviéndose, buscando alguna señal, un cartel que les oriente. Su indefensión e incompetencia me avergüenza, me irrita. Me gustaría bajar la ventanilla y gritarles, como si me hubieran mostrado sin pudor una parte deshonrosa de sí mismos, como si fueran personas indignas. Conduzco delante de ellos sin informarles, sin ayudarles, habiendo desaprovechado la oportunidad de ser amable, odiándoles a ellos y a mí misma.

viernes, 8 de enero de 2016

Avistamiento de aves


Habían decidido en el último momento aprovechar los días festivos. El destino, un parque natural en la desembocadura de un gran río, parecía adecuado, templado, tranquilo. Podrían hacer actividades al aire libre. Aunque no era un lugar que ella hubiera elegido.
Salieron tarde y se hizo de noche mucho antes de poder llegar. Así que hicieron un alto en el camino. Desde la ventana del hostal, unas pocas habitaciones encima de un bar casi de carretera, se veía la chimenea de la central nuclear. Eso le contó él. Ella no quiso asomarse, se recogió como un gusano en la cama. Me gusta, dijo él. Cómo va a gustarle, pensaba ella. Pero él le habló durante un tiempo demasiado largo sobre la fascinación que ejercía sobre sus sentidos. Incluso le sacó una foto. A ella no le parecía algo mágico ni fotografiable, sino algo maligno, caliente, de una catastrofidad expectante. Como una proliferación de células buscando la metástasis.
Dedicaron la auténtica primera mañana de vacaciones a buscar un lugar para alojarse, lo que en sí ella consideró un despilfarro de tiempo.
Comieron algo ligero en la terraza de una cafetería donde también alquilaban bicicletas. Él había cargado en la mochila sus prismáticos. El ambiente era fresco pero agradable, aunque se notaba que había llovido y todo estaba cubierto por una capa de humedad que daba al paisaje una densidad gris y gelatinosa. Las bicicletas estaban oxidadas y los frenos no funcionaban correctamente, el sillín se le clavaba entre las piernas. Se había caído nada más montarse, una caída ridícula enredada en sus propias piernas, un hombre corrió a ayudarla, era mayor que ella pero aún así le atendió con la amabilidad reservada a la senilidad o a la incapacidad. Se sacudió el barro y le dirigió una mirada oscura. Su marido se dirigía ya al camino.
Se pararon en todos los miradores. Unos eran de cemento, feos y planos, de escaleras bastas y resbaladizas. Otros de madera, un poco mejores. En general declinaba el ofrecimiento de los prismáticos. En una de las ocasiones un ave inició el vuelo muy cerca de ellos, a ras del agua, dejando un rastro en la superficie como una línea recta. Pensó en qué sería lo que iba marcando el agua, si una pata o alguna pluma aún sumergida o simplemente su propio impulso.
Recordaba los nombres y algunas características de los pájaros sobre los que él le había aleccionado, pero tan vagamente que era incapaz de distinguirlos. Se limitó a absorber toda la humedad del paisaje, la pátina brillante que les envolvía junto con los escasos paseantes, bajo la sensación entre cómoda y angustiosa de escafandra del cielo gris. Sudaba y se enfríaba alternativamente. Agradecía poder observar en relativo silencio los canales que iban apareciendo, la vegetación, las barracas. Estaban lejos de la desembocadura.
Cenaron un arroz negro en uno de los restaurantes que cuajaban la calle principal del pueblo. Era un pueblo antiestético, de casas disformes, muchas de ellas cerradas en esa época del año. Ella salía a fumar de vez en cuando y escuchaba la conversación de los que también habían salido, era de noche hacía mucho y a lo lejos se veía la línea de costa al otro lado de la bahía, mucho más iluminada, parpadeando en morse mensajes de esperanza.
Se abrazó a su marido en la cama demasiado estrecha y no quiso moverse aunque acabaron besándose y tocándose en un apareamiento un poco forzado. Después ella se quedó tumbada boca arriba escuchándole respirar, dormido, otra vez sin querer moverse, no demasiado cansada, habituándose a los sonidos de una habitación extraña.
Al día siguiente, el último, tomaron una excursión en barco. Por fin pudo ver las aguas enormes abriéndose en el mar, aunque no se podía distinguir cuando una cosa dejaba de ser lo que había sido para convertirse en otra. Ya no estaba tan nublado y el aire parecía más frío, les azotaba la cara, le despeinaba, él hizo muchas fotografías, ella se limitó a sentarse y escuchar al guía, un hombre obeso pero joven, con una larga trenza que le daba aspecto de pescador de otras aguas. Los cormoranes, negros como cuervos desubicados, se secaban al sol.
El día que se marcharon amaneció espléndido. Un cielo azul vibrante sobre sus cabezas recortaba unas montañas que no habían visto hasta entonces, ocultas en la niebla. Parecían tan cercanas que podrían haberse acercado a ellas para dar un paseo, aunque se levantaban a cientos de kilómetros. Abandonaron el parque natural por una carretera llena de curvas, y en una de las travesías que cruzaron pasaron junto a lo que parecía un autoestopista y resultó ser un demente que andaba por el arcén completamente desnudo. Se sonrieron sin saber decidir si era motivo de risa o una inquietante señal.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El becario

El becario me da la espalda mientras saca y mete expedientes de gruesas carpetas. Mi mesa está frente al pasillo y puedo observarle discretamente. Veo cómo mueve los brazos abriendo las carpetas, transportándolas a otra estantería, sus músculos se tensan, no veo sus manos desde aquí pero me las figuro grandes, cuando deposita el peso lo hace con cuidado y me hace pensar en un médico.
Luego pasa frente a mi mesa en su camino a la fotocopiadora con unos planos, una carpeta, me saluda y se sonroja, apenas perceptiblemente, es posible que yo también lo haga sin darme cuenta aunque no lo sé, en cualquier caso el calor es poco. Deja de estar en mi campo de visión pero volverá cuando la máquina deje de funcionar y cuando se vaya definitivamente, por hoy, también pasará por mi lado y me dirá adios.
Me gustaría entrar por un momento en su cabeza, pasearme por su cerebro, violar sus pensamientos, poseer sus ojos. ¿Qué verá él, al otro lado de la mesa?
Me figuro que verá una mujer, una persona que es mujer, alguien que a veces le ayuda a encontrar alguno de los expedientes, alguien que a veces no llega a ver. ¿Sabrá cómo me llamo, lo habrá averiguado? ¿Podría decir si tengo el pelo liso o rizado?
Yo no sé cómo se llama. Tampoco sé exactamente qué hace, en qué consiste su trabajo, cuánto tiempo va a estar colaborando con la empresa, si está satisfecho con su colaboración, si tiene amigos o novia. Sólo sé cosas de su cuerpo. Sé que tiene el pelo rubio, liso, domable. Sé que es delgado, pero no demasiado, sus brazos parecen fuertes, debe de practicar algún deporte. Sé que sus ojos son azules y que sus facciones son todavía de niño, aunque si trabaja aquí como becario tendrá al menos veintidós, veintitrés años, habrá finalizado una carrera universitaria. Sé que su gusto para vestir es informal, vaqueros, camisetas, pero con cierta sofisticación. Su ropa es bonita. Ahora recuerdo que una vez le hice algún cumplido por alguna camiseta, lo había olvidado. Se sonrojó. Se sonroja. Como cuando me saluda al pasar. Cuando una vez me pidió que le ayudara a encontrar un expediente y me levanté y le ayudé, me dio las gracias sonrojándose. Es muy educado. Tímido tal vez. Tendrá una novia amable que le hace sonrojarse en la intimidad, a la que él dice palabras cariñosas y abraza lo justo para no hacerle daño, para que se sienta firmemente sujeta por su amor. Por su cuerpo.
Sólo sé de él que es joven. Que tiene que ser todavía tierno. Que me provoca las ganas de corromperle, de ensuciar la ternura de sus infantiles ojos azules. Que quisiera coger las tijeras que tengo a mano y cortar sus vaqueros y su camiseta y lo que pueda haber debajo, aún a riesgo de herir la piel suave, con escaso vello rubio, que quisiera morderle el labio y la mejilla hasta que sangre, sólo un poco, que quisiera hacerle gritar y dejar de ser educado y compasivo, derrumbarle sobre el montón de papeles que trata con tanto cuidado, y encender sobre ellos una hoguera que los destruya, a ellos y a nosotros.
Muerdo el boli y me hago daño en una encía. Intento concentrarme en el informe que estoy redactando. Procuro mirar por la ventana y no al pasillo.
Me comprometo a interesarme por su nombre y porque obtenga buenas referencias.