martes, 12 de junio de 2018

Una regla


Cuando siento que se me escurre la sangre entre las piernas con un dolor sordo, hueco y lancinante, como si estuviera expulsando una esencia que lucha por no ser desterrada, aferrándose con uñas y dientes a mis entrañas, cuando ese líquido rojo, brillante, denso, empapa mi cama, mi inodoro, mis bragas, cuando el olor a algo antiguo mancha mis dedos, cuando me doblo y gimo, retorciéndome en una pugna que parece que me acosa desde los siglos de los siglos, que puntualmente llama a mi puerta para desgranarme, en estos momentos, que no son los únicos en que me he visto desleírme en rojo, porque por dos veces se vio interrumpido su flujo por causas naturales y por dos veces se reanudó con más fuerza si cabe, como si hubiera que recuperar los meses perdidos, como si hubiera estado acumulándose en algún recóndito lugar de mi cuerpo, en estos momentos digo, siento, estoy segura de que algo se dejó malinterpretar, algo no llegó a donde debía llegar, un mensaje, la auténtica buenanueva, el sentido verdadero e irrenunciable de esta sangre, porque en estos momentos, doblada, gimiente, a pesar de todo, me siento sagrada y viva, templo donde se esconden secretos, en estos momentos me llega la consciencia de que soy fuerte e invencible.

viernes, 1 de junio de 2018

La manta



Cuando mi madre murió reuní todos sus tapetes de ganchillo para hacerme una manta. No quise ninguna joya ni otro objeto de valor, se los repartieron entre mis hermanos y mis cuñadas. Mis hermanos vendieron la casa, y yo solo quise el ajuar.
Me costó reunir todas las labores de mi madre. Hubo cierta época en que tejió mucho. Algunos tapetes estaban en casa. Encontré otros en cajas polvorientas, en el trastero, o en el armario, bajo las toallas y las sábanas bordadas. Metí sus ganchillos metálicos, algunos ya oxidados, en una bolsita de terciopelo azul.
Recuerdo a mi madre siempre ocupada en algo. Solo en los últimos tiempos permaneció ociosa, un poco desorientada, tal vez recriminándonos en silencio nuestra supervivencia.
Mi madre se pintaba las uñas de color rosa y las cuidaba tanto como cuidaba sus plantas, la plata, a nosotros. Mis uñas nunca pasan de la yema y con frecuencia me las muerdo. Pero recuerdo las manos de mi madre tejiendo, cocinando, peinándonos a las chicas con gruesas trenzas, haciéndonos cosquillas en los pies. Sosteniendo nuestras frentes cuando vomitábamos. Hay una foto en que se pueden ver muy bien sus manos blancas de uñas primorosas. Estamos mi madre, mi padre y yo, aún no habían nacido mis hermanos, sólo estábamos los tres. Mi madre lleva el pelo muy cardado, a la manera de los setenta, y me sujeta por el pecho con sus manos preciosas, el rosa nacarado de las uñas destaca sobre mi peto marrón. Mi padre nos abraza a las dos. Detrás se recortan las montañas, desde donde parece provenir el viento que nos revuelve el pelo.
Lavé a mano y ordené todas las sábanas, la mantelería y las labores de ganchillo. Estas últimas las puse a parte para confeccionar la manta. Tardé mucho en encontrar el encaje perfecto de los trozos. La mayoría eran blancos, de hilo fino, planchados a lo largo de años y años, lo que les había dado una forma plana y brillante como el interior de las conchas. Compré un hilo de seda para coserlos y una aguja nueva. Admití cierta discordancia, y una forma ligeramente irregular. Al fin y al cabo está hecha de retazos sin relación entre sí, no se planificó para quedar cosido, cada trozo fue concebido en su singularidad, cada uno para un fin o simplemente como un entretenimiento. La coloqué sobre mi cama y me tumbé sobre ella, arrugándola, la doblé sobre sí misma para taparme, cerré los ojos y aspiré el olor a jabón que desprendía, cierta aspereza de tela antigua, la sal de mis lágrimas por echarla de menos ya para siempre.

martes, 22 de mayo de 2018

La garza


El médico me observó aunque no estoy segura de si llegó a verme a mí. Mientras, mi hija estaba sentada en una mesa baja, al fondo de la consulta, jugando con la enfermera. El médico me observaba y yo pensaba, también. En lo que me había dicho. En mi hija. En mí. Hacía ya tiempo que era difícil convencerme de las cosas.
Desde que mi hija tenía pocos meses sabía que no era como los demás niños. En realidad fue una intuición previa. Mi hija nació una noche de luna llena, en el solsticio de invierno, durante unas horas nocturnas en que apareció como una flor oscura arrancada de mis entrañas. A veces llego a creer que lo primero fue eso, antes que nada.
Cuando salimos del médico llovía. Llegué a casa completamente empapada después de dejar a mi hija en el colegio. Los dos perros se me abalanzaron y les puse las correas.  
Ya había escampado. Nos encontramos a la garza en medio del parque. No era la primera vez que me la encontraba ahí, suponiendo que fuera la misma. Y que fuera una garza.
¿Era una garza o se trataba de otro pájaro urbano? No hay estanques por aquí cerca. Tal vez se había perdido en su camino hacia el sur. O hacia el norte. No sabía yo mucho sobre migraciones de pájaros, debería leer con más atención a Hebe Uhart. Parecía observar o vigilar algo.
Los perros ladraron y no tardó en echar a volar. Pero aún se mantuvo unos segundos erguida, con las alas desplegadas.
Me gustaba encontrarla allí, aunque no entendiera su presencia, como si fuese una señal mágica y protectora.
Era sin duda una garza. Gris, blanca y negra, de pose majestuosa.
Al observar como desaparecía en el cielo intenté recordar las últimas palabras del médico. ¿Qué dijo, exactamente? ¿Merecía la pena recordarlo? ¿Qué sabía él, si nos acababa de conocer? A veces soy terriblemente consciente de que algo falla en las cosas, pero también de que el mundo está equivocado sobre el lugar en que está ese error.
Los perros corrían manchándose del barro que luego mancharía el suelo de mi piso.
Hacía frío a pesar de ser mediados de abril.
De una forma misteriosa, la garza se volvió, dando un giro en su vuelo hacia alguna parte, y pasó justo por encima de mi cabeza. Vi por debajo su cuerpo elástico, sus plumas húmedas, y su pico que se movía diciendo algo. ¿Podía ser cierto? Sí, lo era, sin duda. Estaba ocurriendo delante de mis propios ojos.
Y yo, en ese momento, entendí.

martes, 17 de abril de 2018

El piso vacío



Solo tenía que entrar y apagar el aire acondicionado. Cuando abrí la puerta el recibidor estaba en penumbra y escuché ya el runrún del aparato. No me había acordado de preguntarle si había un mando o un interruptor en la pared. Con las prisas. Me había llamado desde el aeropuerto para pedirme el favor, justo antes de coger el avión que le iba a llevar lejos, muy lejos, al mundo de la desconexión electrónica y los cambios horarios.

No fue el sonido adormecedor del aire acondicionado lo que primero llamó mi atención. Fue el olor. No sé si olía a él, porque olía a un él que yo desconocía hasta el momento. El aroma que yo conservaba en mi memoria olfativa era el olor del amigo que te encuentras en la cafetería, en el bar o el cine, paseando, en la compra, o en otros lugares en los que nuestras vidas coincidían, casi siempre en lugares neutrales, en lugares donde se imponían otros olores ajenos, donde se colaba el mío a través de mi ropa.
En el piso vacío habitaba el olor de él formado solo por sus diferentes capas de olor. El olor que guardan sus sábanas, sus toallas. El olor de la colonia y los productos de higiene que usa. De lo que come. Del sudor que transpira, su saliva, su semen. De la respiración que se pega a las cortinas y a los muebles, o se mantiene ahí, flotando, grave y poderosa. Así llegó a mí en el segundo en que crucé el umbral. Ese piso no estaba del todo vacío.

Sólo tenía que entrar y apagar el aparato que él se dejó encendido. No podía tardar más de un minuto, o menos incluso si conseguía averiguar rápido como apretar el off.
Pero me demoré. No tenía prisa. Nadie me veía, nadie iba a entrar. No iba a hacer nada malo, al fin y al cabo. Sólo una pequeña vuelta de reconocimiento. Una mínima incursión en su intimidad. Solo observar. No pensaba tocar nada.
Esperaba encontrarme algo bastante más caótico, al fin y al cabo era un piso de soltero. Pero podía intuirse fácilmente un orden en la disposición de las cosas, de la ropa, de todo lo que me fui encontrando.
Fui de habitación en habitación. Al principio solo entraba y miraba. El sillón del que me había hablado. El armario que vislumbré en una foto que me había mandado. También había libros. Sus zapatillas de casa, primorosamente cuadradas en una esquina del cuarto de baño. Me acerqué a las cortinas y miré por la ventana, la vista inversa que muchas veces había tenido desde la calle, cuando yo iba a mi casa y miraba a su ventana iluminada y a esas mismas cortinas, a veces su sombra pasando durante un fugaz segundo.
Al entrar en su dormitorio y encender la luz me sorprendió mi imagen en un espejo de cuerpo entero. Por un momento había llegado a pensar que yo también era incorpórea, sólo un fantasma. Su cama estaba deshecha. Me senté en ella. Abrí el primer cajón de la mesilla. Me sentía íntimamente emocionada, contenía el aliento como si estuviera abriendo un corazón o un cráneo. Sonreía al descubrir cosas, pequeños detalles que me hablaban de él en un lenguaje hasta ahora desconocido.
Tras un momento de duda me tumbé en la cama. Un breve instante, como si me diera miedo dejar algo de mí allí. Miré el techo y me imaginé en su mente, lo que él veía en sus ratos de insomnio.
No abrí ningún cajón más pero observé su ropa pulcramente ordenada en los armarios que estaban abiertos.
Sentía que paseaba por un mausoleo. Por un museo donde cada objeto me contaba algo de su poseedor.
En la cocina estaban los restos de un desayuno. Miré los envases, una infusión que yo también tomo. Abrí la nevera, muy suavemente, y la cerré sin dar golpe. Así que era así, así era él de verdad.
Casi olvido apagar el aire acondicionado. Salí furtivamente, como un ladrón, temiendo encontrarme con algún vecino en las escaleras.

Me pregunto si él supo que yo iba a actuar así. Si simplemente no se lo planteó porque no le importa demasiado, o si le molestará saberlo al leer esto.

lunes, 19 de marzo de 2018

Nubes


Cuelgan a veces como trapos, otras como cadáveres de animales pudriéndose al sol.
Se extienden como densas mantas o como sábanas impolutas de tan lavadas, finas y transparentes, ves a través.
Son un amago de algo.
Un trampantojo.
Un engaño.
Fe.
Algo que existe y no existe a la vez, que no es lo que parece y parece lo que no es
Son alveolos
tumores
los pelos despeinados del interior del estómago. Algo orgánico que se expande, circunda, aprieta, me va digiriendo macerando en su interior circular, yo como un átomo, un alimento, un parásito, muy pequeña diminuta dentro de su infinitud.
Los hombres prehistoricos, instintivos, debieron de asustarse al verlas emulando remotos planetas o señales de fuegos que nunca llegan o naves nodrizas.
Sólo dibujadas en el cielo.
Porque explotan en gris contra el sol diluyéndose en cosas, al amanecer, al atardecer, impulsándome a llorar, a gritar
ocultando la luna y las estrellas por la noche,
negro sobre negro.
Sangre que se va expandiendo en virtud de la capilaridad
Si las borro con mis manos se disuelven como un efervescente para el catarro.
Esconden secretos
en su levedad ocultan ciudades enteras
señalan designios
te engañan te atrapan
voluptuosas
instantáneas como una sopa de gotas.
Gota a gota se funden y yo como ellas
tormentosa y violenta y suave y deshilachada
me tropiezo en los truenos que se rasgan en la luz de los rayos,
las fotografío, las busco
amuletos mapas.
Mojándome escondiéndome
Desapareciendo
Dejándome cubrir.

viernes, 9 de marzo de 2018

Agua



El misterio rebelde del agua.
La toco pero no puedo atraparla
se escurre
y al introducirme en ella me acaricia
y se evade
siguiendo principios antiguos de cuerpos sumergidos,
me envuelve recordándome que soy ella en gran parte.

De ola o mar o torrente o gota
De ríos que no sé si vienen o van si llegan o me llevan
que son destinos o fronteras
que no siempre puedo cruzar.

Las masas incógnitas que esconden secretos en sus entrañas fluidas
atrapando la luz en su tapa
y creando colores que aún no existen
Dejando anidar en su interior la vida invisible del plancton
Donde habitan las medusas la basura y los galeones hundidos
Donde se hinchan los cadáveres de los ahogados para después flotar
emulando a los insectos que saben caminar sobre ella.

Algo increiblemente vivo
que puede ser paz o amenaza
como un doble filo
viva
misteriosamente igual
y siempre distinta.

jueves, 1 de marzo de 2018

El ratón soñado


Hoy he soñado con un ratón. Un ratón pequeño, gris, con una cola de rosa aterciopelado.
Me he despertado en medio de la noche, sudando. Parecía la primera parte de un sueño, aunque luego me he vuelto a dormir, después de pensar un poco, y he soñado algo completamente diferente.
Mientras he estado despierta en mitad de la noche he estado pensando en el sueño para reforzar las sensaciones que me ha producido y así recordarlo a la mañana siguiente. Muchas veces tengo sueños que me gustaría recordar, que me provocan sensaciones vívidas, pero luego a la mañana se han esfumado. Conforman un mundo paralelo al que no siempre tengo acceso.
Aunque tampoco quería pensar con demasiada fuerza y acabar insomne el resto de la noche.
¿Qué recuerdo, hoy?
Mi ratón tenía su guarida en un jarrón de cristal, donde se acurrucaba para dormir. También paseaba por la casa y se quedaba quieto, echándose la siesta o descansando un rato, sobre las toallas, en la cama revuelta, dentro de una zapatilla. Yo lo buscaba, angustiada, temiendo que fuera aplastado sin querer, y su diminuto cadáver fuera barrido desapercibidamente.
Hasta mi hija, cuyos pies son pequeños y recién formados, con dedos tan pequeños que la uña no se puede distinguir, podría aplastarle.
Mi perro olisqueaba en los rincones y el ratón se metía en su jarrón.
Mientras espero el autobús observo el perfil de la gran ciudad en la que vivo. Supongo que aquí no hay ratones suaves y diminutos que se esconden en calcetines, sino ratas de ojos desorbitados alimentadas de basuras y desperdicios tóxicos, mordedoras de cables, provocadoras de incendios y enfermedades venéreas. Asustan a los niños y paseantes de callejones sin salida y traseras de restaurantes de comida rápida y contenedores. Chillan a través de las paredes, atrapadas en su submundo, chapoteando en charcos de suciedad como cerdos en miniatura.
Mi ratón no se deja acariciar en su incongruente existencia. No llego a recordar más de él. Aunque no descarto que vuelva a aparecer en algún recoveco de un sueño futuro.