Cuando siento
que se me escurre la sangre entre las piernas con un dolor sordo, hueco y
lancinante, como si estuviera expulsando una esencia que lucha por no ser
desterrada, aferrándose con uñas y dientes a mis entrañas, cuando ese líquido
rojo, brillante, denso, empapa mi cama, mi inodoro, mis bragas, cuando el olor
a algo antiguo mancha mis dedos, cuando me doblo y gimo, retorciéndome en una
pugna que parece que me acosa desde los siglos de los siglos, que puntualmente
llama a mi puerta para desgranarme, en estos momentos, que no son los únicos en
que me he visto desleírme en rojo, porque por dos veces se vio interrumpido su
flujo por causas naturales y por dos veces se reanudó con más fuerza si cabe,
como si hubiera que recuperar los meses perdidos, como si hubiera estado
acumulándose en algún recóndito lugar de mi cuerpo, en estos momentos digo, siento,
estoy segura de que algo se dejó malinterpretar, algo no llegó a donde debía
llegar, un mensaje, la auténtica buenanueva, el sentido verdadero e
irrenunciable de esta sangre, porque en estos momentos, doblada, gimiente, a
pesar de todo, me siento sagrada y viva, templo donde se esconden secretos, en
estos momentos me llega la consciencia de que soy fuerte e invencible.
martes, 12 de junio de 2018
viernes, 1 de junio de 2018
La manta
Cuando mi
madre murió reuní todos sus tapetes de ganchillo para hacerme una manta. No
quise ninguna joya ni otro objeto de valor, se los repartieron entre mis
hermanos y mis cuñadas. Mis hermanos vendieron la casa, y yo solo quise el
ajuar.
Me costó reunir
todas las labores de mi madre. Hubo cierta época en que tejió mucho. Algunos
tapetes estaban en casa. Encontré otros en cajas polvorientas, en el trastero,
o en el armario, bajo las toallas y las sábanas bordadas. Metí sus ganchillos
metálicos, algunos ya oxidados, en una bolsita de terciopelo azul.
Recuerdo a mi
madre siempre ocupada en algo. Solo en los últimos tiempos permaneció ociosa,
un poco desorientada, tal vez recriminándonos en silencio nuestra
supervivencia.
Mi madre se
pintaba las uñas de color rosa y las cuidaba tanto como cuidaba sus plantas, la
plata, a nosotros. Mis uñas nunca pasan de la yema y con frecuencia me las
muerdo. Pero recuerdo las manos de mi madre tejiendo, cocinando, peinándonos a las
chicas con gruesas trenzas, haciéndonos cosquillas en los pies. Sosteniendo
nuestras frentes cuando vomitábamos. Hay una foto en que se pueden ver muy bien
sus manos blancas de uñas primorosas. Estamos mi madre, mi padre y yo, aún no
habían nacido mis hermanos, sólo estábamos los tres. Mi madre lleva el pelo muy
cardado, a la manera de los setenta, y me sujeta por el pecho con sus manos
preciosas, el rosa nacarado de las uñas destaca sobre mi peto marrón. Mi padre
nos abraza a las dos. Detrás se recortan las montañas, desde donde parece
provenir el viento que nos revuelve el pelo.
Lavé a mano y
ordené todas las sábanas, la mantelería y las labores de ganchillo. Estas
últimas las puse a parte para confeccionar la manta. Tardé mucho en encontrar
el encaje perfecto de los trozos. La mayoría eran blancos, de hilo fino,
planchados a lo largo de años y años, lo que les había dado una forma plana y
brillante como el interior de las conchas. Compré un hilo de seda para coserlos
y una aguja nueva. Admití cierta discordancia, y una forma ligeramente irregular.
Al fin y al cabo está hecha de retazos sin relación entre sí, no se
planificó para quedar cosido, cada trozo fue concebido en su singularidad, cada
uno para un fin o simplemente como un entretenimiento. La coloqué sobre mi cama
y me tumbé sobre ella, arrugándola, la doblé sobre sí misma para taparme, cerré
los ojos y aspiré el olor a jabón que desprendía, cierta aspereza de tela
antigua, la sal de mis lágrimas por echarla de menos ya para siempre.
martes, 22 de mayo de 2018
La garza
El médico me observó aunque
no estoy segura de si llegó a verme a mí. Mientras, mi hija estaba sentada en
una mesa baja, al fondo de la consulta, jugando con la enfermera. El médico me
observaba y yo pensaba, también. En lo que me había dicho. En mi hija. En mí.
Hacía ya tiempo que era difícil convencerme de las cosas.
Desde que mi hija tenía
pocos meses sabía que no era como los demás niños. En realidad fue una
intuición previa. Mi hija nació una noche de luna llena, en el solsticio de
invierno, durante unas horas nocturnas en que apareció como una flor oscura
arrancada de mis entrañas. A veces llego a creer que lo primero fue eso, antes
que nada.
Cuando salimos del médico llovía.
Llegué a casa completamente empapada después de dejar a mi hija en el colegio.
Los dos perros se me abalanzaron y les puse las correas.
Ya había escampado. Nos
encontramos a la garza en medio del parque. No era la primera vez que me la
encontraba ahí, suponiendo que fuera la misma. Y que fuera una garza.
¿Era una garza o se trataba de
otro pájaro urbano? No hay estanques por aquí cerca. Tal vez se había perdido
en su camino hacia el sur. O hacia el norte. No sabía yo mucho sobre migraciones de
pájaros, debería leer con más atención a Hebe Uhart. Parecía observar o vigilar
algo.
Los perros ladraron y no
tardó en echar a volar. Pero aún se mantuvo unos segundos erguida, con las alas
desplegadas.
Me gustaba encontrarla allí,
aunque no entendiera su presencia, como si fuese una señal mágica y protectora.
Era sin duda una garza.
Gris, blanca y negra, de pose majestuosa.
Al observar como desaparecía
en el cielo intenté recordar las últimas palabras del médico. ¿Qué dijo,
exactamente? ¿Merecía la pena recordarlo? ¿Qué sabía él, si nos acababa de
conocer? A veces soy terriblemente consciente de que algo falla en las cosas, pero
también de que el mundo está equivocado sobre el lugar en que está ese error.
Los perros corrían
manchándose del barro que luego mancharía el suelo de mi piso.
Hacía frío a pesar de ser
mediados de abril.
De una forma misteriosa, la
garza se volvió, dando un giro en su vuelo hacia alguna parte, y pasó justo por
encima de mi cabeza. Vi por debajo su cuerpo elástico, sus plumas húmedas, y su
pico que se movía diciendo algo. ¿Podía ser cierto? Sí, lo era, sin duda.
Estaba ocurriendo delante de mis propios ojos.
Y yo, en ese momento,
entendí.
martes, 17 de abril de 2018
El piso vacío
Solo tenía que entrar y
apagar el aire acondicionado. Cuando abrí la puerta el recibidor estaba en
penumbra y escuché ya el runrún del aparato. No me había acordado de
preguntarle si había un mando o un interruptor en la pared. Con las prisas. Me
había llamado desde el aeropuerto para pedirme el favor, justo antes de coger
el avión que le iba a llevar lejos, muy lejos, al mundo de la desconexión
electrónica y los cambios horarios.
No fue el sonido adormecedor
del aire acondicionado lo que primero llamó mi atención. Fue el olor. No sé si
olía a él, porque olía a un él que yo desconocía hasta el momento. El aroma que
yo conservaba en mi memoria olfativa era el olor del amigo que te encuentras en
la cafetería, en el bar o el cine, paseando, en la compra, o en otros lugares en
los que nuestras vidas coincidían, casi siempre en lugares neutrales, en
lugares donde se imponían otros olores ajenos, donde se colaba el mío a través
de mi ropa.
En el piso vacío habitaba el
olor de él formado solo por sus diferentes capas de olor. El olor que guardan
sus sábanas, sus toallas. El olor de la colonia y los productos de higiene que
usa. De lo que come. Del sudor que transpira, su saliva, su semen. De la
respiración que se pega a las cortinas y a los muebles, o se mantiene ahí,
flotando, grave y poderosa. Así llegó a mí en el segundo en que crucé el
umbral. Ese piso no estaba del todo vacío.
Sólo tenía que entrar y
apagar el aparato que él se dejó encendido. No podía tardar más de un minuto, o
menos incluso si conseguía averiguar rápido como apretar el off.
Pero me demoré. No tenía
prisa. Nadie me veía, nadie iba a entrar. No iba a hacer nada malo, al fin y al
cabo. Sólo una pequeña vuelta de reconocimiento. Una mínima incursión en su
intimidad. Solo observar. No pensaba tocar nada.
Esperaba encontrarme algo
bastante más caótico, al fin y al cabo era un piso de soltero. Pero podía
intuirse fácilmente un orden en la disposición de las cosas, de la ropa, de
todo lo que me fui encontrando.
Fui de habitación en
habitación. Al principio solo entraba y miraba. El sillón del que me había
hablado. El armario que vislumbré en una foto que me había mandado. También
había libros. Sus zapatillas de casa, primorosamente cuadradas en una esquina
del cuarto de baño. Me acerqué a las cortinas y miré por la ventana, la vista
inversa que muchas veces había tenido desde la calle, cuando yo iba a mi casa y
miraba a su ventana iluminada y a esas mismas cortinas, a veces su sombra
pasando durante un fugaz segundo.
Al entrar en su dormitorio y
encender la luz me sorprendió mi imagen en un espejo de cuerpo entero. Por un
momento había llegado a pensar que yo también era incorpórea, sólo un fantasma.
Su cama estaba deshecha. Me senté en ella. Abrí el primer cajón de la mesilla.
Me sentía íntimamente emocionada, contenía el aliento como si estuviera
abriendo un corazón o un cráneo. Sonreía al descubrir cosas, pequeños detalles
que me hablaban de él en un lenguaje hasta ahora desconocido.
Tras un momento de duda me
tumbé en la cama. Un breve instante, como si me diera miedo dejar algo de mí
allí. Miré el techo y me imaginé en su mente, lo que él veía en sus ratos de
insomnio.
No abrí ningún cajón más
pero observé su ropa pulcramente ordenada en los armarios que estaban abiertos.
Sentía que paseaba por un
mausoleo. Por un museo donde cada objeto me contaba algo de su poseedor.
En la cocina estaban los
restos de un desayuno. Miré los envases, una infusión que yo también tomo. Abrí
la nevera, muy suavemente, y la cerré sin dar golpe. Así que era así, así era
él de verdad.
Casi olvido apagar el aire
acondicionado. Salí furtivamente, como un ladrón, temiendo encontrarme con
algún vecino en las escaleras.
Me pregunto si él supo que
yo iba a actuar así. Si simplemente no se lo planteó porque no le importa
demasiado, o si le molestará saberlo al leer esto.
lunes, 19 de marzo de 2018
Nubes
Cuelgan a veces como trapos, otras como cadáveres de animales pudriéndose al sol.
Se extienden como densas mantas o como sábanas impolutas de tan lavadas, finas y transparentes, ves a través.
Son un amago de algo.
Un trampantojo.
Un engaño.
Fe.
Algo que existe y no existe a la vez, que no es lo que parece y parece lo que no es
Son alveolos
tumores
los pelos despeinados del interior del estómago. Algo orgánico que se expande, circunda, aprieta, me va digiriendo macerando en su interior circular, yo como un átomo, un alimento, un parásito, muy pequeña diminuta dentro de su infinitud.
Los hombres prehistoricos, instintivos, debieron de asustarse al verlas emulando remotos planetas o señales de fuegos que nunca llegan o naves nodrizas.
Sólo dibujadas en el cielo.
Porque explotan en gris contra el sol diluyéndose en cosas, al amanecer, al atardecer, impulsándome a llorar, a gritar
ocultando la luna y las estrellas por la noche,
negro sobre negro.
Sangre que se va expandiendo en virtud de la capilaridad
Si las borro con mis manos se disuelven como un efervescente para el catarro.
Esconden secretos
en su levedad ocultan ciudades enteras
señalan designios
te engañan te atrapan
voluptuosas
instantáneas como una sopa de gotas.
Gota a gota se funden y yo como ellas
tormentosa y violenta y suave y deshilachada
me tropiezo en los truenos que se rasgan en la luz de los rayos,
las fotografío, las busco
amuletos mapas.
Mojándome escondiéndome
Desapareciendo
Dejándome cubrir.
viernes, 9 de marzo de 2018
Agua
El misterio rebelde del
agua.
La toco pero no puedo
atraparla
se escurre
y al introducirme en ella me
acaricia
y se evade
siguiendo principios
antiguos de cuerpos sumergidos,
me envuelve recordándome
que soy ella en gran parte.
De ola o mar o torrente o
gota
De ríos que no sé si
vienen o van si llegan o me llevan
que son destinos o fronteras
que no siempre puedo cruzar.
Las masas incógnitas que
esconden secretos en sus entrañas fluidas
atrapando la luz en su tapa
y creando colores que aún
no existen
Dejando anidar en su
interior la vida invisible del plancton
Donde habitan las medusas la
basura y los galeones hundidos
Donde se hinchan los
cadáveres de los ahogados para después flotar
emulando a los insectos que
saben caminar sobre ella.
Algo increiblemente vivo
que puede ser paz o amenaza
como un doble filo
viva
misteriosamente igual
y siempre distinta.
jueves, 1 de marzo de 2018
El ratón soñado
Hoy he soñado con un ratón. Un
ratón pequeño, gris, con una cola de rosa aterciopelado.
Me he despertado en medio de la
noche, sudando. Parecía la primera parte de un sueño, aunque luego me he vuelto
a dormir, después de pensar un poco, y he soñado algo completamente diferente.
Mientras he estado despierta en
mitad de la noche he estado pensando en el sueño para reforzar las sensaciones
que me ha producido y así recordarlo a la mañana siguiente. Muchas veces tengo
sueños que me gustaría recordar, que me provocan sensaciones vívidas, pero
luego a la mañana se han esfumado. Conforman un mundo paralelo al que no
siempre tengo acceso.
Aunque tampoco quería pensar
con demasiada fuerza y acabar insomne el resto de la noche.
¿Qué recuerdo, hoy?
Mi ratón tenía su guarida en un jarrón de cristal, donde
se acurrucaba para dormir. También paseaba por la casa y se quedaba quieto,
echándose la siesta o descansando un rato, sobre las toallas, en la cama
revuelta, dentro de una zapatilla. Yo lo buscaba, angustiada, temiendo que
fuera aplastado sin querer, y su diminuto cadáver fuera barrido
desapercibidamente.
Hasta mi hija, cuyos pies son
pequeños y recién formados, con dedos tan pequeños que la uña no se puede
distinguir, podría aplastarle.
Mi perro olisqueaba en los
rincones y el ratón se metía en su jarrón.
Mientras espero el autobús
observo el perfil de la gran ciudad en la que vivo. Supongo que aquí no hay
ratones suaves y diminutos que se esconden en calcetines, sino ratas de ojos
desorbitados alimentadas de basuras y desperdicios tóxicos, mordedoras de
cables, provocadoras de incendios y enfermedades venéreas. Asustan a los niños
y paseantes de callejones sin salida y traseras de restaurantes de comida
rápida y contenedores. Chillan a través de las paredes, atrapadas en su
submundo, chapoteando en charcos de suciedad como cerdos en miniatura.
Mi ratón no se deja acariciar
en su incongruente existencia. No llego a recordar más de él. Aunque no
descarto que vuelva a aparecer en algún recoveco de un sueño futuro.
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