viernes, 7 de marzo de 2014

80 kilos



La carretera ante mí oscura, como una serpiente, enorme boa atiborrada de cadáveres de animales demasiado grandes.
Hace frío y llevo un abrigo que me impide conducir con la agilidad debida. No sé por qué, no he encendido las luces, o las he encendido para apagarlas después, y sólo una débil luna y el esplendor de la nieve iluminan mi carrera a ninguna parte. Corro, y mucho.
Pero voy a alguna parte, me dirijo hacia algún destino de forma voluntaria y voluntariosa, salvando las inclemencias del tiempo y de la hora, sola pero acompañada por el recuerdo de un futuro, de aquello a lo que sin duda, me dirijo.

Pero ese coche que conduzco va empequeñeciéndose como sólo puede pasar en los sueños, hasta convertirse en un portal donde la oscuridad funde uno y otro argumento, esta vez un tragaluz en un piso muy superior, sexto, quinto, deja entrar un despojo de claridad que descubre la falta de escaleras, la imposibilidad de llegar a donde yo debería estar subiendo.
Salgo a la calle, una calle estrecha, y allí la nieve ensucia mis zapatos. Todavía es de noche y camino sobre el eco de mis pasos y sobre la nevada derretida.

¿Debería despertarme ya? No. Sigo caminando y entonces el escenario cambia.

Ahora estoy frente a una ventana, mirando una luna que crece o mengua, que platea el aire oscuro a mi alrededor, estoy en una habitación de una residencia de estudiantes en un país extranjero, y alguien me coge por detrás, me abraza la cintura, yo mirando a la luna, me roza el cuello, sé que esas manos desean voltearme y besarme y espero que la ventana abierta a la noche de invierno me dé la respuesta. Pero no eres tú.

Esta confirmación me transporta bruscamente al día, a un día concreto, en el que estoy sentada en una mecedora, balanceándome, comiendo una fruta, en un porche de una casa que sólo puede proceder de mi biblioteca mental americana, el suelo del porche es de madera y chirría, o la mecedora chirría, y hace mucho sol aunque yo estoy en la sombra, muerdo la fruta y luego tomo otra y la voy pasando de una mano a otra, tanteando su carnosidad, su frescor, muevo el pie descalzo, una pierna debajo de la otra, estoy sola, me siento perezosa, miro a un horizonte dorado y espero, la casa a mi espalda sombría, desconocida, como un animal echándose la siesta. Cierro los ojos y puedo sentir cómo me voy deshaciendo, como la arena húmeda al sol, grano a grano y por un minúsculo agujero, voy pasando a otra cosa.

A otro sueño.

Las imágenes siguen superponiéndose, virando, abriéndose como un abanico, en una noche, todas las noches, como hojas de un libro donde al pasarlas rápidamente las figuras estáticas cobran movimiento, vida, son cosas moviéndose, ojos parpadeando, muñecos corriendo. Los escenarios son combinables, uno mismo puede servir de base para historias que nada tienen que ver entre sí, sólo comparten el atrezzo, la silla, la escalera. Como un gran plató de grabación de películas hollywoodiense, así es el hueco de mi cabeza por la noche. Y los sueños continúan mientras yo estoy tumbada en la cama, quién sabe quién me va escribiendo el guión, yo me doy la vuelta, o me coloco boca arriba, se me enreda el camisón, sólo soy esa mujer que vaga de una historia a otra, esperando.

Una noche cualquiera, a una hora amanecida, en un sueño tardío, cuando ya no había esperanza, me topo contigo. Estás en otra historia, en una casa ya usada por otro sueño. Ahora sí hay unas escaleras y las subo. Subo las escaleras, hay gente, un grupo, nos dirigimos todos hacia el final de un viaje, realmente es una despedida, subimos y yo subo sin esperanza, o por lo menos, con cierto conformismo. Pero entonces, tú me agarras de la mano, con firmeza, y enfilando un pasillo que es como la carretera del comienzo de este cuento, pero completamente distinto, me conduces a esta habitación, que también es un escenario de otro sueño.


Y es cuando por fin compruebo el peso exacto de tu cuerpo a través del leve aplastamiento de mis costillas, que se aproximan a mis pulmones impidiéndome respirar, como también lo impide el enroscamiento de tu boca en la mía, y ese peso y ese beso hacen que pierda la consciencia, aunque la conservo plenamente, lo más pleno que permite un sueño, sólo siento un mareo, un ligero desvanecimiento orgiástico, o de la calidad de lo que precede al orgasmo, es extraño porque sé que en cualquier momento pueden interrumpirnos, el sueño puede desvanecerse o entrar en otras bifurcaciones, tendría que oír sus pasos, sus ecos, los de esos otros sueños peleando por sobreponerse a este, o peor, la vigilia, pero nada oigo, nada existe, hay un vacío que ha absorbido nuestra unión corporal; contra todo pronóstico el sueño sigue y en su breve eternidad siguen otras calibraciones, cierta vergüenza, cierto miedo, el único sitio, el único lugar del mundo esta habitación y esta cama pequeña, las ventanas que dan a una colina marrón ya soñada, tres ventanas conocidas, el peso y tu mano y tu lengua amarga que no conocía, y una falta de aire por el exacto peso de tu cuerpo y tu boca sobre la mía. Y entonces, me despierto. Los latidos de mi corazón me despiertan. Tras la agitación te irás diluyendo en mi día. Se evaporarán estas precisas sensaciones de conocer tus secretos. Tendrás que volver, soñado de nuevo, en otros escenarios, recogido en otras historias, cotidianas o kafkianas, entre mares y carreteras, vecinos y muertos, lugares vulgares y fantásticos, recuerdos e inventos, o premoniciones absurdas. Esperar que de nuevo me encuentres.  

sábado, 1 de marzo de 2014

Hotel Littré

¿Qué es lo que hace que la literatura se reanude sin fin? ¿Qué es lo que impulsa a los hombres a escribir? ¿Los demás hombres, sus madres, las estrellas, o las antiguas cosas inmensas, Dios, la lengua?
Pierre Michon, Rimbaud el hijo

            Yo le he preguntado a Tongoy si sabía lo que habíamos ido a hacer a Pico.
          -  A Pico se va por ir – me ha contestado.
Enrique Vila-Matas, El mal de Montano




Llovía tanto en París aquella tarde. Asombraba la indiferencia de la gente ante la lluvia, mostrando un desprecio absoluto por las reglas más elementales de un día lluvioso (resguardarse, no salir de casa). Los paseantes no escaseaban, incluso sin paraguas, los clientes se sentaban en las terrazas y allí consumían sus almuerzos, tomaban sus cafés, con las piernas cruzadas y las puntas de los zapatos llorosas, húmedas.
Yo pedí una bebida con alcohol, y ligeramente embriagada me enfrenté mejor a las perspectivas de la tarde, la primera tarde que pasábamos D y yo en París. Ciudad por ahora de un gris oscurecido.


Nada más entrar en la calle sentí que la reconocía. Había una placa donde figuraba el nombre y al verla moví el mentón casi imperceptiblemente, asintiendo. Sin darme cuenta. D se paró a encenderse un cigarrillo guarecido justo bajo el porche de la entrada del Hotel Littré. Yo miré entonces al botones, por pura física ya que quedé justo a su altura, una altura por cierto no demasiado sobresaliente, y mirándome casi frente a frente me devolvió la sonrisa y me abrió la puerta. Me ha confundido con otra persona, pensé. D me miró, entre la sorpresa y el hastío, sopló el humo y miró hacia el cielo. Ahogando una risa nerviosa, le dije a D que ya que estábamos allí parados, iba a entrar a echar un vistazo, mientras él fumaba a salvo el cigarro.
- Voy a echar un vistazo dentro.


Lo único seguro es que yo nunca había estado antes en París, así que dificilmente habría podido estar alojada en el Hotel Littré, ni en ningún otro, pero el recepcionista tampoco parecía compartir esta evidencia. Nada más verme me tendió un sobre y, en un español con fuerte acento francés, me dijo:
- Madame Jiménez, me alegra volver a verla. Han dejado esto para Usted.
Y antes de que pudiera yo decir nada continuó tecleando sobre un ordenador tan minúsculo que pasaba totalmente desapercibido en la superficie pulida y limpísima, casi reflectante, de la recepción del Hotel Littré. Como si no fuera en realidad un teclado y el chico hubiera querido hacerme saber que estaba a otra cosa, que ya no le molestara más. En el sobre, a mano, estaba escrito un número, el 221.


Salí de allí un poco confundida. Todo parecía el producto de una equivocación. Un cúmulo de casualidades. D estaba acabándose el cigarro, serio, empeñándose en empañar más si cabe nuestra primera tarde en París con un fugaz mal humor. El agua le había mojado los hombros, se habría escurrido por alguna gotera, y parecía verdaderamente desvalido. Para qué contarle nada. No me hubiera creído y además la confusión hubiera aumentado su aparente disgusto. Opté por sonreir y de puntillas (D es muy alto) le besé. Nos cogimos de la mano y me dejé llevar a la deriva, esa tarde ya descapotada de nuestro primer día en París.


Había dejado de llover. Nuestros pasos, que nos habían traído a través del embarrado Jardín de Luxemburgo, nos dirigieron de nuevo hacia el río. Allí encontramos refugio, de las aceras mojadas y de las muchedumbres armadas con guías y cámaras de fotos, huímos por un momento de lo que al otro día buscaríamos, museos, catedrales, efigies y torres, nos perdimos en las plazas y bulevares, compramos un queso y un libro y una docena de primorosas macarons y una botella de vino francés, una no, varias, y acabamos en un pequeño, escondido restaurante, en una calle estrecha, creo que se llamaba la Rue de la Huchette.


Después de cenar nos asomamos al río y miramos cómo el día quería ya irse, cómo todo se iba oscureciendo esta vez en serio, bajamos al muelle para tomar un bateau mouche, una concesión a la vulgaridad. París cruzó ante mí en moviola y rememoré recuerdos probablemente inventados. Es fácil sentir que ya has estado aquí.
Un momento en el que D fue al baño aproveché para sacar el sobre, que no había olvidado, de mi bolso, y ver qué había en su poco abultado interior. Una nota y una llave, lo que supuestamente debía ser la llave, lo que hoy en día finge ser una llave, una tarjeta de plástico blanco y verde. En la nota, una letra que me resultó ligeramente conocida, te has olvidado la llave, nos vemos a medianoche. E.
Las casualidades me iban guiñando, me guiñaban tanto y tan fuertemente como las luces de la Torre Eiffel, que ahora aparecían majestuosas a la izquierda, como la mayor luciérnaga viva a este lado del Misisipi.


D dormía como un bebé. Habíamos acabado nuestro primer día de vacaciones en París. Un día extraño y lluvioso, un día ausente de turismo. Habíamos bebido mucho, en el Barrio Latino, y habíamos bebido más sobre la cama, en la que después hicimos el amor, dos veces. Habíamos planeado retomar el cauce del Sena al día siguiente. Ahora D dormía profundamente.


El taxi me dejó en la puerta. ¿Y si se habían dado cuenta de que yo no era quién creían? ¿Y si me detenían en la puerta, llamaban a la policía, me señalaban: ¡impostora!? Nadie dijo nada. Apenas había nadie. Un recepcionista distinto me saludó. De este cordial saludo nada podía deducirse. Tomé el ascensor, piso segundo. Puerta, 221. Apliqué la llave en el agujero. Una bombillita verde se anticipó al clic que abrió la puerta.
- Es la primera vez que estoy en París. - me repetía a mí misma.
Cuánto de inventado hay en nuestras vidas (y cómo discernir la frontera).


En internet había encontrado toda la información.
Su bienestar y satisfacción son las prioridades del Hotel Littré. Por ello se ha prestado una atención muy particular a la decoración y acondicionamiento de las 90 habitaciones y suites. Podrá apreciar especialmente su tamaño, tranquilidad y comodidad. Para que su estancia sea excepcional y mágica, reserve una de estas habitaciones con terraza y vistas a la Torre Eiffel.
La habitación en la que supuestamente me alojaba no daba a la Torre Eiffel. El ventanal se asomaba a un patio diminuto. La Torre Eiffel no se veía, pero ella y todo lo demás caía a plomo desde el cielo oscuro, un agujero donde todo se podía intuir derramándose con la intensidad de una realidad que se revela evidente, brillante. Allí, sobre ese patio, todo París y todo el mundo dejándose caer.
Con una superficie de 20 metros cuadrados aproximadamente, las habitaciones estándar tienen una capacidad para dos personas y dan a un patio interior tranquilo y luminoso.
Sin duda, la palabra más importante era "aproximadamente".
Me senté en la cama y esperé.


E llegó a las doce, puntual, a la hora convenida. La misma en que apareció en aquel otro momento. Y ese día, ya remoto, pero presente como un rizo del tiempo, debía de llover también, porque ahora sí recuerdo con claridad que también llevaba gabardina. Y su barba y su aliento olían a yerba. Ahora lo recuerdo.
Allí en la habitación 221 había comenzado todo. En otro tiempo y a cada momento.
E entró, con su gabardina y su olor a yerba, tan reconocible como el primer día que me lo encontré. Se me abalanzó, con una timidez efusiva me dio un beso, como la primera vez y cada una de las veces. Yo estaba nerviosa, un poco asustada. Mirarnos era como conocernos desde siempre y una materia casi palpable colmaba todo el espacio entre nosotros, chocaba y comenzaba a trepar por las paredes de color rosa.
- ¿Lo has traído? – dijo.
Saqué del bolso el libro. El libro que D y yo habíamos comprado por casualidad en nuestra primera tarde de falso turismo en París. Lo abrió. Lo empezamos a leer juntos. Nos reímos al acordarnos de algún párrafo. Su risa era familiar, era demasiado fuerte, estridente, llenaba los aproximados veinte metros cuadrados. Cogió el bolígrafo que había sobre la mesa y empezó a tachar, a añadir, yo decía algo, él seguía, sí, apunta esto, esto lo cambiaría ahora, ¿todavía se puede cambiar? ¿por qué has tardado tanto?
Estábamos sobre la cama, sobre la colcha, la pared era de color rosa. Sacó del bolsillo de su pantalón una nota que escribió para mí hace mucho tiempo.
Fue una experiencia maravillosa. Sabíamos que no iba a durar demasiado, aunque lo más seguro es que se repitiera, en cualquier otro momento, como se ha estado repitiendo, en tantas habitaciones como esta que dan a un tranquilo patio interior, en París.
Sabíamos que iba a durar siempre.


Me tumbé en la cama, D apenas se movió. Era como si apenas hubiera pasado un momento desde que me fuera, hasta parecía que mi lado de la cama estaba todavía tibio. El día aún no despuntaba, no había persiana y tumbada como estaba podía ver a través de la ventana la pared de enfrente, la ventana también sin persiana y sin cortina del otro lado del patio, había una cacerola, una jaula de pájaro, la luz pronto lo descubriría.
Cerré los ojos.
Los abrí a mi verdadero primer día de turista en París, sabiendo con certeza que


la ficción es la única realidad posible.