martes, 28 de octubre de 2014

El peor amante del mundo


Mi amante me recogía en su coche a la salida del trabajo. Tenía los ojos pequeños y negros como canicas. Con esos ojos me recordaba a una hiena. Era alto, más bien largo, de hombros escurridos y labios casi inexistentes. Cuando besaba su lengua parecía una tuerca enroscándose a la fuerza.

No fui diligente al elegir a mi amante. Realmente no lo he sido para muchas cosas en mi vida, para esta tampoco lo fui. Puede que simplemente él me eligiera a mí y yo me dejara llevar. Nunca había tenido un amante y no creo que vuelva a tenerlo. Por eso me fastidia más mi falta de diligencia.

Él tenía diez años más que yo, que por entonces no llegaba a los treinta. Ahora que ha pasado el tiempo puede que haya llegado a comprender algunas cosas de él, de cómo se relacionaba conmigo, de lo que me contaba.

Nos veíamos con frecuencia pactada. En algún lugar seguro, discreto. Recuerdo que una vez mi amante, después de recogerme puntual como siempre, condujo hasta el final de una calle oscura, en un polígono, y un poco nervioso me pidió que se la chupara. Casi me lo rogó. Sabía cuál era nuestro trato. Creo que trataba de forzarlo, tentar los límites, como los niños. Eso fue al principio.

No sé si él tenía otras amantes, no supe con certeza si yo era la única. Por un lado me parece improbable, dado su gusto por las mujeres. Pero luego me vienen los recuerdos de muchos encuentros fallidos y no veo cómo podía tener a más, complacer a más, no sólo por la escasez de momentos propicios, sino por su propia impericia. Cuando fallaba se tumbaba con un gruñido, tras susurrarme alguna excusa al oído, como si eso fuera a cambiar las cosas. Otra vez como un niño pequeño. No sé si habrá solucionado sus problemas. Cuando fallaba, yo le ofrecía un cigarro y abría el minibar. Me sentía irritada. Defraudada. Como si el ridículo fuera algo que se contagiara, que se extendiera como una mancha a quien estuviera cerca. Le reprochaba en silencio su avaricia. ¿Cómo se podía exponer a esto? Su mujer sería más comprensiva.

Puede parecer extraño, pero casi siempre hablaba de su mujer. Tenían dos hijas pequeñas. Yo procuraba pensar en otras cosas mientras un sabor agrio me iba subiendo por la garganta y anulaba por completo mi presencia sexual. Tenía que taparme, ir al baño, hacer cualquier cosa que quitara de en medio mi cuerpo desnudo, inapropiado, traicionado por la trivialidad. A veces yo también hablaba. De nadie en concreto. Nunca mencionaba a mi marido. Comía los cacahuetes y bebía ginebra. Y él volvía a hablar y me miraba con esos ojos de canica, girando, chocando con un chasquido seco.

Ahora suelo pasar por la calle donde está el hotel que frecuentábamos. Miro hacia las ventanas, que no se podían abrir más que una rendija. No he olvidado aún el estampado de la colcha. Algunas veces no llegábamos a abrirla. Mi amante me tumbaba sobre ella y me lo hacía rápido, muy excitado, escarbando en mi sujetador, toda su energía infiel acumulada en sus labios de navaja. A mí también me excitaba, llegaba al orgasmo con facilidad, un orgasmo individual, lacerante. La calle tiene mucho tráfico, no hay árboles.

Un día simplemente le dije que ya no nos encontraríamos más. No me costó. Fue una resolución natural, fisiológica. Él se resistió un poco. Me sorprendieron algunas de sus palabras, creo que hasta llegó a decir que me amaba. Me vino a buscar un par de días más al trabajo y lo dejó estar. No hubo una tercera vez que tuviera que pasar de largo, su cara estrecha y decepcionada tras el cristal.





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martes, 19 de agosto de 2014

Lagartija de verano


Estoy al borde de mi capacidad de esfuerzo. Pedaleo al sol, bordeando la parcela vallada. Hace rato que perdí de vista su rueda trasera. Está tan en forma. Los edificios son de color tierra gastada, cansada. Ventanas en blanco. Parecen abandonados pero recuerdo haber visto dos centinelas al rebasar la entrada y también varios coches ocupados. Centinelas. Qué palabra se me ha ocurrido para colocar precisamente aquí. Más allá se oyen los tiros. Rítmicamente se suceden y yo empiezo a pensar que no me gustaría acabar convertida en la noticia siniestra de un telediario de verano. ¿Cómo podría ser? Mujer muerta en terrible accidente, cruzando el campo de tiro le alcanza una bala perdida y cae abatida en medio de la tierra polvorienta. ¿Podría incluir alguna cláusula en mi testamento para evitar que utilizaran mi mala suerte? Lo hablaré con él cuando le alcance. Se burlará de mí. Me esfuerzo para seguir hasta las casas que aparecerán tras una curva. Eso me ha dicho, que iban a aparecer, pero no aparecen. Sólo polvo bajo el sol y la valla que no se acaba y el eco rítmico de los tiros. Soldados invisibles me amenazan tras el espejismo iridiscente del sol, del líquido de esta luz que todo lo inunda, esta mañana. Incluso mis ingles y mi espalda y mis muslos. Mis sienes. Palpito al ritmo de los tiros. ¿Por qué me ha traído hasta aquí? Cómo me gustaría estar en otro lugar, en uno que se hallara en medio del gris y frío invierno. Todo esto me deslumbra y abrasa. Hay cosas que me pierdo, el movimiento lento e inveterado de una lagartija tomando el sol que ni siquiera se toma la molestia de huir de mí. La velocidad trémula que imprimen mis gemelos agotados, esa insignificante velocidad que ni a la lagartija ahuyenta, me lo impide, habrá lagartijas, y sombras asomadas a las ventanas. Quisiera arrojarme a la terrosa cuneta a observar todo esto, dedicarme a fijar los detalles, a tranquilizar mi esforzado corazón. Más allá, al otro lado de la curva, tras las casas, él me ha dicho que hay una pequeña zona verde, con árboles y una fuente. Allí nos pararemos a beber y nos sentaremos, podremos hablar y descansar, no se oirán los tiros ni su eco, sólo el murmullo de las hojas como un toldo fresco, y habrá humedad de hierba bajo mi cuerpo. Las ruedas pesan toneladas, ahora subo una ligera pendiente. Jadeo abiertamente y una bici baja, rápida, un ciclista mejor preparado, con visera y gafas de sol, hace un gesto de saludo. Se habrá cruzado con él antes. ¿Habrá pensado que vamos juntos? Al alcanzar la cima (qué leves son mis cimas) compruebo que me espera una confortable cuesta abajo. Una casi inapreciable brisa me da en la cara. Un poco más adelante, el camino se separa de la valla del campo de tiro. Puedo ver ya las casas. Sólo un esfuerzo más. A lo lejos diviso su figura, parada, esperándome. Achinando los ojos miro al sol y redoblo el pedaleo.




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martes, 5 de agosto de 2014

Tarifa



Habíamos estado esperando a la puerta del castillo a que la niña se despertase, sentados en un banco de piedra, a la sombra. Una intensa calma de cobre, como un loto amarillo y universal, desplegaba más y más sus silenciosas hojas sobre el mar.
Muchos turistas subían la cuesta que llevaba a la entrada para bajar al poco, refunfuñando.
Entrada, dos euros.
Nosotros nos reíamos y nos besábamos.
Antes habíamos tomado café en una plaza, más bien una encrucijada de calles, un rincón también protegido del sol, con flores y dos o tres mesas vacías. Sólo una niña paseando a un perro de un lado a otro de la calle y una mujer fregando.
- Cómo olía aquí esta mañana... No saben ustedes...
Y se afanaba con una manguera y un escobón.
- Las vistas son fantásticas, se puede ver África.
Las vistas no eran para tanto. La insuficiente altura de la construcción apenas levantaba la visión sobre el puerto, que desplegaba su actividad con un grito anacrónico de brillos metálicos.
- La niña no paga pero tienen que dejar aquí la silla.
Subimos a una de las torres para contemplar la confluencia de los mares. Tras un leve filtro brumoso, confundiéndose con los azules del cielo y el mar, se vislumbraban los macizos africanos. Si los mirabas durante un rato te parecía que estaban aquí mismo, al alcance de la mano.
- En el cerco de Tarifa, Guzmán lanzó su daga a los sitiadores para que asesinaran a su propio hijo antes que rendir la fortaleza. Todo gran sitio debe contar con una leyenda a su medida, ¿no les parece?
El castillo era un artilugio polivalente en obras, de piedra gris restaurada, transformado por enésima vez desde que Abd-Al-Rahman construyera su alcázar frente a las mismas aguas, no debería de haber cambiado demasiado ese cielo, esas brumas lejanas que ahora nosotros disfrutábamos. Sólo se podía visitar la zona exterior, la barbacana.
- Están reconstruyendo el interior, será un centro de interpretación y gestión de visitantes para la ciudad. Sí se puede visitar la capilla, allí encontrarán también los baños.
Bajamos riéndonos de los turistas que no querían pagar y preguntándonos cuánto de bueno sería el tal Guzmán, que en la puerta dormía su siesta de bronce, petrificado, sin un ápice de culpabilidad que le restara el sueño de siglos. ¿Dónde se habría metido Abd-al-Rahmán? Es posible que allá, al otro lado.
- ¿No crees que es un buen escarmiento, éste, para el fiel Guzmán?
Callejeamos aún un poco antes de seguir nuestro camino. Era excitante pensar que estábamos justo en la punta del continente.
- Mamá, ¿qué es un continente?
Es uno de los placeres recién descubiertos, ser preguntada a cada paso y tener en mi mano la respuesta para todo, como un dios omnipotente que va creando el mundo a pinceladas aleatorias, a veces serias, precisas, y otras completamente imaginarias.
- Es una tierra como esta, pero allí, una gran tierra que está cerca y lejos a la vez. El mundo -extendía mis brazos- está dividido en continentes, islas enormes rodeadas de océanos. Hay cinco – aquí, palma de la mano- o puede que más.
Me miró no demasiado convencida. Creo que le gusta más cuando me las invento.


domingo, 15 de junio de 2014

Hombre en la playa primera parte


Pienso en la masajista, que me ha dejado en la estacada, ¿qué otra cosa podía esperar, si sólo soy un paciente más para ella? Y este maldito dolor de hombro no se me ha pasado en todo el fin de semana. Coge el coche, vente hasta aquí, sin contar con montarlo todo para volver a desmontarlo mañana. Pienso todo esto en la playa, fumándome un cigarro, los pies en las chanclas helados, coño qué frío hace, me he acercado tanto a la orilla que me los he mojado. Y esta chaqueta no es mía, es de ella, debo de haberla confundido, saliendo a oscuras del bungalow. Espero no haberla despertado. Que no note mi momentánea ausencia. Me voy a sentar. Me siento. La arena compacta y húmeda no es un buen asiento para mis ideas nocturnas, que vagan de un brillo a otro, confundidas por la resaca del vino de burdeos, debo de ser el único colgado que busca aire esta noche, esta noche oscura sin luna ni viento. Aspiro el humo. Lo suelto. Lo imagino subiendo hacia el cielo opaco que no tiene fin sobre mí. El mar da miedo, es negro y cruje, se espasma. El mar es uno y es mil, como yo, que puedo ser tantos esta noche, potencial encerrado en la carcasa de una única posibilidad. Pero, ¿qué podría ser? Déjalo. Todo resulta tan inútil. Todo está tantas veces contado, hasta la náusea, me da asco el sabor del cigarro y estoy a punto de vomitar. Lo apago y lo meto en el bolsillo, y esta aprensión medioambiental me traerá un enfado de ella cuando lo encuentre. Tanto abrochar y desabrochar. Espera, para de escribir, para de leer. ¿Qué buscaba yo aquí? Si en realidad estoy en mi balcón y el calor explota los ladrillos de mi casa, los expansiona como hace con mi cerebro, que presiona mis huesos craneales y por eso estoy aquí, tomando el aire. Me niego a caer en la trampa del mar negro y crujiente, del marido borracho que pasa la resaca en la playa un anochecer. Puag. Nadie pasa por la calle, pero en la ventana de enfrente una mujer ha salido también a buscar el improbable frescor de esta madrugada. A esta distancia no la puedo ver bien, no puedo distinguir si va vestida así que me la imagino desnuda, me imagino a una luna que ilumina sus pezones erizados, unos pechos rozando la baranda de la terraza, y debajo me la imagino sin bragas, con las piernas cruzadas una sobre otra, los pies pequeños tarareando un ritmo, el pelo corto y revuelto. No me sorprende mi lasitud, si es que hace mucho calor. Ahora podría inventar cualquier cosa, podría pensar que ella es mi amante, que me espera o que ya hemos estado juntos y se ha asomado a comprobar que he llegado a casa. Puedo imaginarme que sé cómo es su cuerpo por debajo de la barandilla, las pequeñas venas de detrás de sus rodillas, los hoyuelos en la carne de su culo, gime suave pero también puede arañar. La mujer se retira de la ventana como cubierta de vergüenza. Yo debería imitarla e intentar plasmar todo esto, o al menos intentar dormir, pero no puedo, ahora sí que noto una leve erección, y no creo que pueda volver a enfrentarme al mar negro y crujiente, al hombre sentado en la playa probablemente en algún ecuador de su vida, o trópico de cáncer o de capricornio, quién sabe, y cómo lo voy a descubrir yo. Me quedaré aquí en el balcón atisbando el incipiente despertar del día.




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jueves, 5 de junio de 2014

Beso


A veces pienso
que me conformaría con un beso.

Ese beso, sería así:
Primero, un primer plano de su cara y sus ojos achinándose en ella.
Entonces, sus labios. Templados, de goma flexible y muy suave, como un terciopelo húmedo y caliente.
Es posible que al principio se produzca un movimiento de acoplamiento hasta fijar una postura cómoda; un movimiento delicado, sutilmente orquestado como si realmente hubiera un director blandiendo su batuta.
La saliva es aún una fina película, un papel de regalo para nuestro beso.
Su lengua entra en escena, cálida; un calambre en la mía (he perdido la toma de tierra, warning, peligro de electrocución).
Pero ya es tarde.
Ha penetrado en mi cuerpo, ocupando un lugar en él, su lengua está dentro, no fuera, dentro, ha tomado posesión de mí.
Mi lengua comienza, tímida, pero se va envalentonando, se va volviendo audaz.
Y llega el momento en que nuestras lenguas se enroscan, gruesas y morosas, colmando nuestras bocas.
La cueva que han formado al acoplarse es una bóveda de rosa oscura. Y es un escenario donde discurre la acción.
Esta es la parte central del beso.
La saliva comienza a fluir de su boca a la mía.
La trago, la mastico, hago acopio del sabor, lo imprimo en una célula que viaja a mi hipotálamo, mientras otra célula se desliza, eléctrica, a través del tubo de mi garganta para llegar a las profundidades de los labios gemelos, que primero vibrarán en latidos temblorosos y luego recibirán una ola de placer que funde la voz con su eco (una tormenta sin truenos, sólo relámpagos).
Mientras nuestros labios se acarician también nuestros cuerpos buscan un contacto que tiende a expandirse, aunque no seré consciente de si su mano está en mi culo o en mi pelo, o en ambos, ni si las mías están posadas en algún sitio, supongo que sí y que él también lo ignora.
La banda sonora del beso es como la lenta y flamígera entrada de un bajo y una guitarra eléctrica, un compás rítmico, que se balancea (es posible que algo tirando a rock, ¿Radiohead?).
Nada pasa además de ese beso, porque es el beso el que importa, el que está sucediendo, ahora y durante unos momentos que vienen a durar lo que dura un sueño o un mundo. Y aunque ese beso tiende al infinito (como nuestras lenguas que representan ese símbolo matemático), tras un fundido en luz se desprenden los húmedos, extasiados, agotados órganos, nos vamos poco a poco, casi sin querer o sin darnos cuenta separando, y la sensación es la de volver a ver un ojo, cerca, mirándome y mirándole yo.

A veces pienso en la era post-beso. Si los labios gemelos me gritarán enfurecidos y envidiosos exigiendo atraparle, ser violentados y allanados como una puerta derribada, pidiendo su porción de ocupación por él.
O si ese beso ya fijado en el hipotálamo no fletará barquitos o submarinos para invadir otros lugares más difíciles de conquistar.
Pero entonces, qué alivio es que no haya pasado nada, que todo esté tan en el aire como la fragancia de una estación inminente, que pueda moldear todo como plastilina tibia en mis manos (multicolor o en ocasiones del color pastoso de una mezcla), después de verle y saludarle, buenos días, hasta luego (por lo bajo escapándoseme casi pero no nunca la próxima vez cuando te acerques no me digas hola, dame un beso más o menos de verdad, más o menos así....)





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martes, 27 de mayo de 2014

La musa


Escuchó unos pasos en el rellano. Era muy tarde, las doce, las dos, en cualquier caso, no era una hora para andar abriendo y cerrando puertas. Aplicó el ojo a la mirilla. Y la vio por primera vez, de espaldas.

Desde entonces vigilaba las ocasiones en que se reunían. Era por las tardes. Primero entraba ella. Luego llegaba el tropel de muchachos y muchachas. Ahora que estaba de baja tenía mucho tiempo libre.

El hombre tenía también una mujer. La mujer-esposa. Parecía muy dulce y tenía los ojos oscuros y un mentón pronunciado, el cabello enroscado que se recogía en horquillas de colores. Suponía que era tímida porque bajaba la mirada y no hablaba demasiado. Le gustaba cruzarse con ella. No era un sentimiento de compasión el que sentía, ni deseaba contarle lo que suponía que desconocía.

La mujer-dulce-esposa trabajaba fuera de la ciudad. Dormía en otro sitio de lunes a jueves. Él salía por las mañanas y todas las tardes recibía a una mujer joven. La musa. Se imaginaba que en la casa tenía lugar un fenómeno creativo. Estaba claro que todos eran alumnos, menos la primera mujer que llegaba, la musa. A veces la musa y el hombre hablaban un rato, con la excusa de algo olvidado, se despedían mientras los demás subían al ascensor. En otras ocasiones ella no salía hasta más tarde.

Si escuchaba a través de la pared de su dormitorio podía oír cosas de su habitación. Aunque dedujo que no se reunían en ese cuarto, sino en algún otro lugar de la casa. O que lo que hacían era tan silencioso que no podía ser inmoral.

A veces no es necesario preguntar nada, basta con ir reuniendo pequeñas pistas. Resulta que daba clases de pintura, era profesor en la escuela de bellas artes.

No se podía decir que le espiara, simplemente tomaba un café en la bonita cantina de la facultad, rodeada de pinos, un jardín con fuente y muchos estudiantes modernos. Todavía era joven para no desentonar. ¿O la confundirían con una de las profesoras? No lo vio, aunque preguntó a uno de los conserjes. Cerca de su despacho le llamó la atención, en el tablón de anuncios, una de esas hojas con números de teléfono para recortar, clases particulares.
- Eres muy guapa. Te interesa ganar algo de dinero. No hace falta hacer nada.

- Tienes que desnudarte entera, dejas la ropa aquí, serán cuarenta y cinco minutos, es posible que haga algo de frío porque el calor es malo para las pinturas.
Antes de empezar él le había explicado la postura que debía mantener. Esto fue en su despacho, ella vestida, cuando se presentó a la hora convenida. Se había dejado barba, no demasiado larga. Pensó en cómo arañaría la piel de la mujer-dulce-esposa y si también dejaría algún rastro en la musa. Se quitó toda la ropa en un cuartito preliminar y salió al aula sintiéndose ligera, sin peso, como si anduviera sobre un lecho fangoso, y la piel se le erizaba por el cambio de temperatura. En la gran sala, poblada de caballetes, reconoció a alguno de los alumnos. Había un escenario redondo en medio, elevado, hacia allí se dirigió y se quedó de pie, esperándole.

Al verla por primera vez desnuda, en el centro del aula, él la observó detenidamente. Pudo sentir cómo su mirada trazaba un triángulo entre sus pechos y su pubis. Durante esos segundos fueron esos ojos como un pincel original. Ella aguantó las ganas de cubrirse con las manos, dejando casi de respirar, y cuando él se volvió a la clase, se sintió de pronto a oscuras, soltados los hilos que la sostenían, próxima a desvanecerse. Se le escapó un suspiro, como si hubiera hecho un gran esfuerzo, e intentó colocarse en la postura prescrita. Después de este cenit, el pintor ya sólo la miró de lejos y como si la cualidad de su desnudo hubiera variado. Fueron los alumnos los que la estudiaron, haciendo especial hincapié en las sombras que diferentes partes de su cuerpo proyectaban sobre otras. Él hablaba a veces para todos, a veces individualmente. A ella no, al objeto no.

Se le había dormido un brazo. El hormigueo le iba a durar hasta la mañana siguiente.
- Mañana intentaré que sea una postura más cómoda.
Él no la iba a pintar.

No le importó que no le reconociera. Apenas se habían encontrado un par de veces en el descansillo. Su mujer-dulce-esposa regresó el jueves a la noche como de costumbre.

El resto del día echaba de menos la atenta disección. Tras la cuarta sesión, él le comentó que daba clases particulares a algunos alumnos y que necesitaría su ayuda.

Hizo como que llegaba de otro sitio, adelantándose a los jóvenes aprendices. La llevó al cuarto, había un diván y no le sorprendió. Se empezaba a soltar los botones cuando llamaron al timbre. Se imaginó a la musa (ahora la musa destronada) desnuda, en el diván. También pensó en la mujer-dulce-esposa, aunque probablemente ella no quisiera ni entrar a esta habitación. ¿La pintaría a ella? El ambiente era más cálido que en la escuela y la luz, más trémula.

El posado duró más de una hora, casi podía oler el sudor de su cuerpo inmóvil. Él le pidió que se quedara y esperó mientras despedía a sus alumnos.

Se fue vistiendo, sin ganas, haciendo tiempo. Cuando él volvió se estaba subiendo la cremallera de la falda. Sintió otra vez esa mirada, pero la medición ahora saltaba los pliegues de la piel y las sombras, daba a presentir el gemido y las texturas tibias, desmenuzaba anticipadora un sabor, el exacto grado de oposición que le iba a ofrecer esa carne y su temperatura, el rubor posterior. Ella dejó las manos colgando, todavía no se había puesto los zapatos.

Después, le pidió que la pintara, aunque sólo fuera un esbozo, cuatro líneas, algo. Ella eligió la postura, aunque él la varió ligeramente en el papel.

Llevó la pintura a enmarcar y la colgó en su habitación. En la pared parecía más pequeña.

La miraba sobre su cama. No volvió a espiarle, ni volvió a las sesiones de la escuela, ni llegó a enterarse de la segura aparición de la musa sustituta. Se restableció. Volvió al trabajo. Se siguió encontrando con la mujer-dulce-esposa en la frutería y en el ascensor.




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miércoles, 7 de mayo de 2014

Mi cuaderno


Anoto en un cuaderno que me acabo de comprar (bueno aún no me lo he comprado pero como si) todo lo que me acabas de decir, voy a escribir un cuento, ya mismo, porque me lo has inspirado.

Por ejemplo, el de un hombre que cada vez que hace el amor con una mujer le pormenoriza las partes de la sesión que más le han gustado y las que menos, luego se echa una siesta (la bendita mejor siesta del mundo, las demás no merecen la pena y no son sino mera imitación de la única-que-merece-la-pena) y al despertar le relata las variaciones que, después del descanso, siente respecto a lo anteriormente manifestado. Daré detalles morbosos y no morbosos, para todo tipo de públicos.

En ese cuaderno voy a anotar también frases de libros, frases que me gustan, para no olvidarlas y perderlas en la inmensidad demasiado extensa de las bibliotecas, para no arrancarlas de los libros que me prestan ni subrayarlas ni poner una equis (en lápiz o incluso en boli) como hacen muchos usuarios para los que tengo horribles pensamientos cuando me las topo mancillando mis historias (porque en ese momento son mías y están escritas sólo para mí).

También apuntaré horarios y citas estúpidas para médicos y la lista de la compra (hojas arrancadas posteriormente o no. Incluso a trozos).

Mi letra (en ese cuaderno y siempre que escribo) se la robé a una amiga, hace poco me encontré con la original en una carta suya dentro de una caja (todo de papel) y busqué para confirmarlo la dedicatoria de un poemario bilingüe de Yeats (un recuerdo para ti, querida A., llevo tu letra como un estandarte, aunque cada vez haya menos testigos, como ese cuaderno que aún no me he comprado pero que casi agoto ya sus hojas).

Es posible que en mi cuaderno retome un juego que de niña jugaba, que consistía en sentarme en el suelo frente a la televisión y escribir palabras sueltas que iba oyendo, aleatoriamente, sin prestar demasiada atención (las mejores eran las de películas del oeste), para más tarde leerlas y disfrutar de la extrañeza que me producía su desconexión con la realidad, la imposibilidad de determinar una lógica original y la infinita posibilidad de recomponer con ellas dos, tres y hasta cinco historias diferentes.

También pintaré las letras (en plastidecores) para que mi hija me las lea (y los números, no soy racista).

Y frases que no sabré a qué vienen.

La física de los objetos no varía por la noche, salvo el hombre lobo con luna llena


Caso, Lisboa, devoción, años, sombrero, verdad, parte, muchacho, nueve, nada, leve, chica, semana-que-viene, Europa, jueves, MacCarthy, alba (o Alba), treintaycincomilnovecientos, entrega, aprendido, fantasmas, llegar, equipo, take me down to the Paradise City




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