miércoles, 27 de noviembre de 2019

Soy masoquista


Parte I

Resulta que soy masoquista
Me clavo las uñas en el interior del muslo hasta que la sangre humedece la sábana
Dejo que las gotas florezcan
Como gemas incrustadas en la herida
Y me sorprende que procedan de mi interior
Me pregunto si cuando están dentro lucen el mismo color, la misma textura
Si ellas están también sorprendidas de su nuevo aspecto ahora que besan el aire

Sé que después va a dolerme aún más
Pero no puedo parar, continúo sobre la parte interna de mis brazos, y mi nuca
Sigo algo parecido a un plan
He buscado un lugar solitario donde nadie me pueda interrumpir 
He elegido las partes más tiernas de piel
Me he dejado crecer las uñas
Las he endurecido con productos cosméticos y las he afilado con una lima
Me detengo en el momento en que la piel se rompe 
Para continuar después un poquito más
Siempre se puede un poquito más
Siento que estoy viva y que estar viva es esto
No se puede elegir no sufrir
Me limpio con un tisú 
Miro mi obra, me vanaglorio, me arrepiento 
Después vendrá el escozor
La costra
la cicatriz

viernes, 11 de octubre de 2019

La ventana



La ventana tiene dos batientes
Los dos son iguales, aunque lo más correcto sería decir que los dos parecen iguales 
Son de madera blanca y están partidos en cuatro rectángulos alargados de cristal
El cristal muestra gotas de lluvia polvorienta, aunque lo más correcto sería decir que es contaminación, humo de los tubos de escape de los coches, porque la ventana se abre a una carretera nacional.
Estoy tumbada en la cama y miro la ventana y escucho el ruido de los coches al pasar 
El cielo está nublado y yo estoy nublada, aunque lo más correcto sería decir que estoy triste
Aunque no estoy exactamente triste
Solo miro hacia la ventana que se abre hacia la carretera nacional y pienso que soy como todo el mundo
Soy un coche que recorre una carretera nacional y contamina un poco mientras su motor despierta a otras personas que después miran por ventanas que dan a la carretera y durante unos segundos se fijan en mi coche que pasa
Miro por la ventana y oigo coches que no veo porque solo veo el cielo gris 
¿sería más correcto decir que mi pelo es gris, que mi alma es gris, que hay una zona gris que se expande más allá del recuadro de cielo gris?
Y yo meto los dedos en ella y revuelvo. Es como el mercurio, venenosa y brillante, meto más los dedos y toco en el fondo la gelatina blanda de mis sueños

***
Miro por la ventana 
La ventana tiene dos batientes
Si cierro la ventana un batiente se cerrará sobre el otro 
Así lo hacen los fabricantes de ventanas para que encajen 
Es algo sencillo si has aprendido el oficio de fabricar ventanas
Después de hacer diez, cien, mil ventanas
Y yo desde aquí 
Desde mi experiencia seglar de cerrar ventanas
ventanas de cuchilla, ventanas deslizantes, ventanas oscilobatientes
No atino a adivinar sobre qué lado se cierra 
Cuál de los batientes tengo que cerrar antes para que los dos encajen 
Y así no entre el frío
Ni la contaminación
Y el ruido se amortigüe
Por lo que sigo pensando
Elucubrando 
Haciendo conjeturas 
Frente a la ventana
Blanca
Abierta

viernes, 28 de junio de 2019

ESTRATOS




Abrí el corazón de mi ex marido para ver qué había dentro.
Quería encontrar algo mío allí, una manía, una forma de hablar, aunque fuera un pelo.
Lo que encontré fue un pelo de nuestro perro, que murió hace un año. Supongo que habrá barrido todo bien, habrá pasado el aspirador o incluso se habrá comprado una roomba, ha comenzado una nueva etapa y me alegro. Aunque un pelo mío no sería para tanto.
Soy una mujer de ciencias. Una geóloga. Por eso sé que estamos formados por distintas capas que se nos van añadiendo, que se compactan y mutan, formando cordilleras y simas, cuevas y valles. Llenas de sedimentos y de objetos de otros tiempos que podemos estudiar si logramos llegar a ellos, que nos ayudan a entender nuestra evolución, nuestro pasado, incluso qué nos cabe esperar del futuro, qué corrimientos nos pueden hundir o partir.
Mi carrera como geóloga comenzó el día que me corté con un cuchillo y, tras la sangre, con bastante dificultad y un punzante dolor, brotó de la herida un erizo petrificado. Logré reconocer en él mi niñez, y aunque esperé, no salió nada más. Poco después me operaron de apendicitis, y los médicos tuvieron que cortar una capa adicional de músculo y vísceras. Según el informe del cirujano, se trataba de un estrato añadido por alguien de forma poco profesional; me disculpé por haberle hecho trabajar de más, y él, amablemente, respondió que no pasaba nada, que estaba acostumbrado, que nos pasa a todos, que a veces faltan órganos y otras veces sobran.
Pero estos métodos son demasiado agresivos. Abrir corazones. Cortar carne con un bisturí. Así que me planteé la posibilidad de estudiar las capas geológicas de las personas al tacto; supuse que mientras algunas se encuentran muy en el fondo (como los grafitos de mi puño y letra en los huesos de mi hermana) otros estratos se encuentran mucho más afuera. Son estos sedimentos superficiales, aún no compactos, los que me interesan, ya que muestran algo que está cambiándolo todo, pero aún no, lo incipiente, lo incierto, algo que puede ser o no ser, lo que aún es maleable. 
Me dedico a palpar a todo aquel que conozco. Toco frentes, aprieto antebrazos, introduzco mis dedos en bocas previamente aseptizadas, y entre los huecos fibrosos de las costillas. He probado con las manos, con la lengua, con los pies, con el vello de mi cara.
Intento sacar conclusiones al acariciar esas capas apenas perceptibles. Las fotografío, las comparo, las observo durante horas. Intento actuar sobre ellas, como si fuera un Dios o el mismo destino. A veces creo dar con algo. 
Luego me llevo la mano al cuello y siento que en el hueco de mi garganta se está formando una bola del tamaño de una canica e intento imaginar cómo será el otro geólogo, no yo, sino la persona que la descubra, entre el polvo de huesos y madera, o mediante una tecnología aún no inventada, y me figuro qué es lo que podrá averiguar y aprender de esa bola de mi garganta, mientras me la toco y siento que mis manos son las suyas y que la presión que ejerzo en la piel ya me ha transformado..



jueves, 20 de junio de 2019

CERVEZA


Es vox populi que soy una acérrima aficionada a la cerveza
No lo soy de nacimiento, sino que aprendí a disfrutar de sus amargos placeres
Uno de mis más queridos recuerdos de infancia se compone de mi padre bebiendo cerveza en la mesita frente al televisor, una mesita que aún está, ella sí sobrevive aunque con un tablero modificado, repintada y barnizada, pero la misma, su madera podría corroborar mi recuerdo
Mi padre con el amargo líquido amarillo y espumoso y yo tratando de probárselo, es posible que mi padre me hubiera dejado sorber mientras veía los deportes del domingo en el telediario, coches de carreras y una revista de recortables con vestidos que se sostienen con un trozo de papel doblado, y mis hermanas ¿dónde están? no entran en ese universo que solo ocupo yo y mi padre y la cerveza y el domingo y mi padre estaría recostado en el sillón que era otro y los dos éramos otros y los mismos aunque mi padre no sea ahora más que restos orgánicos y huesos y yo esté repintada y barnizada, con un nuevo tablero más resistente al paso del tiempo
Y la cerveza me gusta, bebo su amargor templado y burbujeante y me calienta por dentro y por fuera
Aunque no siempre me gustó
En la tierra de la cerveza comencé a amarla de verdad, cuando todo estaba y está lejos y simplemente era más barata y no había otra opción
(recuerdo al hombre que bebía cerveza y recuerdo la cerveza y yo soy la cerveza y la mujer que bebe cerveza y ya no más la niña que tomaba el vaso de forma desprevenida)
Alemania, 1996, Ana ensayando la vida, metiendo el pie en el mar embravecido y qué mejor que Alemania 1996, donde no hay hogar porque el hogar soy yo, aunque eso lo aprendí más tarde, Alemania 1996, no estaba Aitana, no estaban las cicatrices ni la muerte, solo un invierno helado y la frontera donde todo empieza y acaba, donde todo es nuevo y es lo único posible, donde el caos entra y ya no sale porque es lo único real
Cerveza con frutas, cerveza templada, Bier, geniessen, fluss, lecker, drinken, besoffen, Lebensmittel, ach so, LEBENSMITTEL
Y ya no dejé de beberla como no dejé lo demás, mientras amamantaba mientras vacacionaba, estudiaba amaba y divorciaba, gracias a la cerveza he tomado decisiones infranqueables gracias a la cerveza he llorado, he tenido coartada para mis estupideces, gracias a ella acepto el amargor y acepto al hombre y a la vida,
y quisiera ahora (que ya no puedo) brindar con él (con Él) nuestras cervezas
y no renuncio a hacerlo un día con su cráneo con su peroné de testigos, sosteniendo el vaso con los tan amados y desnudos metacarpos y falanges
Y no dejo de sorprenderme cuando saboreo mi cerveza al final del día, después de contar las horas que la convierten en algo decente,
al descubrir esa otra amargura que no la incumbe, la que destilan otros hombres y otras mujeres que no somos yo ni él
esa amargura que no se bebe pero rezuma por las comisuras se desborda en babas y bilis y se empeña en enfocar lo desenfocado en buscar un orden oral que no existe, una razón para vivir (en la amargura) que no es este momento exacto
mientras
saboreo mi amargor amarillo y espumoso
y en mí, en mi vientre, en mi mente, a través de un sorprendente fenómeno de alquimia
se convierte en dorada azúcar.

martes, 4 de junio de 2019

CUÁL FUE LA CUESTIÓN


Estoy sola en mi casa y no pienso fregar ni limpiar los cristales, mi patria soy yo, caigo en un nacionalismo vital y desciendo a cámaras que antes no había visitado, sin salir de mi casa donde cuelgan peligrosos cables sin recoger y hay agujeros de humedades en las paredes.  
Pero tengo que pensar.
¿Cuál fue la cuestión? ¿Cuál es? Y lo que más me importa, ¿importa?
No sé qué significa la poesía ni el amor o lo sé demasiado, es decir, sé que son constructos y que cada uno puede meter dentro lo que más a mano tenga, y una vez que está dentro, defender a muerte que eso es precisamente lo más importante: y es esto: 
Las definiciones azarosas, el pelo despeinado y la rebeldía, pero sobre todo mi fe inquebrantable en el caos, pues sólo caos es lo que me rodea, y lo rodeo con mis brazos, amo mi caos, tu caos, el caos, susurro venga a mí el caos con todos sus acompañantes, todos serán bien recibidos en mi casa sin fregar con los cables sueltos, y mientras duermo y despierto y vuelvo a dormir me da miedo que esta certidumbre y esta fe en el caos se me vaya escapando de las manos como un mercurio con el que juego y me intoxica.
Pero entonces leo que no deberíamos angustiarnos y sin embargo tenemos que angustiarnos, por cuanto la no existencia posee su sistema igual que lo existente y sigue vivo lo vivo y lo muerto, el sol y las estrellas muertas del firmamento, así como la tierra desnuda con sus leyes sin dios y también el reino demoniaco con leyes inventadas,
Y a pesar de eso, todo son realidades y miles de mundos, miles y miles, miles y miles, en una única cadena invisible, en la plenitud ilimitada de la existencia,
Y el mundo es creado y sostenido por la fe en él.
Y la terrible complejidad del mundo, inconcebible casi insoportable, es descubrir que el mundo no existe, solo existen todos los pensamientos e hilos sobre él, todas las imaginaciones humanas describiendo el mundo, en las poesías, en las calles por declamadores, en las ruinas reinterpretadas, en los grafitos de Pompeya, en la música de Vivaldi, en las marcas que dibujo con los dedos de los pies en el polvo de mi casa, en los posos de la cafetera sin fregar.

jueves, 13 de diciembre de 2018

LOS DOS CUENTOS




¿Somos eso que somos cuando nos arrojan una piedra y nos duele?

Hemos leído juntos dos cuentos. Uno es Una mujer que envejece, de Coetzee. A él le resulta un cuento obvio. Y también demasiado duro. No le gusta leerlo, aunque por otro lado reconoce que está bien escrito.

El segundo cuento es Cómo contar una auténtica historia de guerra, de Tim O´Brien. Al ser más poético, él cree que es mejor cuento. Y que, aunque también sea duro, puede aguantar mejor su dureza. O que su dureza no parece tanta al tratarse de una historia llena de lirismo, llena de belleza.

Yo no sé si estoy de acuerdo con él. Ambos cuentos me parecen bastante similares.

El cuento de Coetzee es más sencillo. Aparentemente obvio, eso se lo puedo conceder. Una mujer envejece. Sus hijos se preocupan por ella y le sugieren que vaya a vivir con alguno de ellos, o como segunda opción, a una residencia cerca de donde viven. Cada uno de los tres vive en un país diferente, en un continente distinto. La madre se resiste. Está en ese punto intermedio en el que sus hijos son todavía sus hijos, y puede ejercer cierta ascendencia sobre ellos, y ese otro en el que ella deberá ceder (¿deberá?) y convertirse en una especie de hija de sus hijos. No es una decisión fácil para ninguno de los tres. Van a comer a un restaurante en la playa, cerca de Niza, que es donde vive la hija, y el final queda abierto a cierta esperanza que en el fondo sabemos que no se va a realizar.

En el cuento de la historia de la guerra un soldado muere en Vietnam cuando estalla una granada trampa en un rincón bucólico de la selva, y otro, que sobrevive, escribe una carta a la novia del muerto, y un tercer soldado es el que nos cuenta toda la historia. Nos dice que cuando cuentas una historia desde la verdad se hace más difícil creerla, que es más fácil cuando te la inventas. Que incluso es más auténtica. Así que al final te quedas con la duda de si realmente el soldado Lemon murió iluminado por el sol y el fuego bajo las palmeras o es solo una forma de contar la historia para que entendamos.

Yo entiendo que estos dos cuentos hablan de lo mismo. Cuentan la vida cuando la muerte no es una mera hipótesis. Y también hablan de lo duro que es enfrentarte a ciertos asuntos, aunque esos asuntos sean en el fondo lo único que uno puede vivir de verdad. Me hacen plantearme algunas preguntas. ¿Y si somos únicamente lo que queda, si somos el resto, lo que restamos de lo que sobra? ¿Si somos la parte en blanco de la página, la que no está escrita, la que no se ha contado y no se va a contar?

Es posible que seamos solo el miedo de estar vivos y la certeza de que estaremos muertos. Y lo que hacemos para superar todo esto.

Hablamos mucho rato sobre estos dos cuentos, sin ponernos de acuerdo en cuál era mejor, cuál resolvía mejor la cuestión que teníamos entre manos. Y también sobre cuál era en realidad esa cuestión.

jueves, 18 de octubre de 2018

Déjame robarte un beso



Qué traumas llevamos cada uno y hasta qué punto el cuchillo se hundió en la mantequilla de nuestra infancia, marcándonos para siempre
Haciendo de nosotros una pasta dura
O con grietas
O agujereada como un queso gruyère
O cubierta de moho por haberla guardado en cuartos mal ventilados
En cuartos húmedos donde triunfan las cucarachas y las corrientes heladas
Un moho verde como el trigo verde
Y el verde, verde limón

(Cuando le pregunté si le costaba decir te quiero, me dijo que sí
Cuando le pregunté si le costaba querer, me dijo que sí
Cuando le dije te quiero se quedó mirándome como un pájaro, ojos moviéndose de forma casi  imperceptible en una cabeza emplumada)

Me voy estudiando la piel
y mientras aparto los lunares y rasco para ver si sale lo malo
pienso que de niña me dijeron muchas veces te quiero
y luego llegó un día en que dejaron de decírmelo
y después, hace ocho años, cuando se me desgajó A como el trozo azul de hielo de un iceberg,  
volvieron los tequieros los abrazos y los nopuedovivirsinti
y aunque vinieran de un entorno tan extraño como el que vives dentro de ti mismo, como un globo donde flotaras en medio de una atmósfera enrarecida de estómago, rebotando en sus paredes de goma
como si todo fuera un espejo de mí
pensé que tal vez hubiera esperanza
y me atreví a pasar, abrí la boca y las palabras salieron,
Son muchos años que pasaron sin decir te quiero y en verdad te quiero
Pero encuentro formas de engañar a mi corazón

Escucho ahora los vallenatos de Carlos Vives
Y el otoño se transforma en verano
En un verano lejano en el que bailo sin miedo
Y no hay hojas doradas sino briznas de hierba en las junturas de unas baldosas recién colocadas