miércoles, 19 de agosto de 2015

Anhedonia

Había poca gente en la playa, la temperatura era buena pero estaba nublado y de vez en cuando caía alguna gota. Se oían truenos de tormenta. La ladera de la montaña arrancaba en la mismísima arena. En el horizonte no se distinguía la línea entre el mar y el cielo, ambos de un gris perla encantador. Sucesión de acantilados, tranquilas vacas. La mujer volvió a la frase subrayada del libro que leía mientras su marido y su hijo jugaban haciendo castillos de arena lejos, donde la marea había dejado bolsas de agua templada. Jonathan Franzen. Las correcciones. Editorial Salamandra, año 2012. Página 140: “No sé por qué pero Paraguay ha sido siempre el azote de mi vida”. Aunque había leído 300 paginas más y antes de volver a casa lo habría acabado entero, no había subrayado ni subrayaría ninguna otra frase. Ahora no podía recordar por qué la había elegido. Quizá porque no tiene ningún sentido. Le dolía la cabeza ligeramente. La noche anterior se había pasado un buen rato tironeándose el pelo en busca de piojos o liendres, tras embadurnar el pelo de su hijo, que sí las tenía, con una crema que olía muy bien. Nada de efluvios amoniacos, como ella recordaba de su niñez. Pero no había encontrado piojos, sólo canas que aún no había descubierto. Aún así se rascó a conciencia el cuero cabelludo, para acabar convenciéndose de que el persistente picor era una compulsión que estaba en su mente. Volvió a Franzen. Se dio cuenta de que se habían colado granos de arena bajo el forro y que algunas páginas estaban humedecidas por las gotas que caían. Era un ejemplar prácticamente nuevo a pesar de que debía de tener más de tres años, a pesar de ser un libro que debería estar desgastado y ajado de tan leído. Tendría que volverlo a forrar. Aunque pronto desechó la idea, mejor dejarlo tal y como estaba, con cicatrices. Se hacía pis. Casi no podía aguantar ya. Tendría que meterse en el mar. 
Rebasó a su familia, que parecían muy entretenidos sin ella. Les saludó desde una distancia de seguridad y caminó hasta que el agua le cubrió las caderas. No resultaba fría por falta de contraste. Sintió la orina tibia entre las piernas. Puede que no estuviera del todo mal haberse dejado convencer para pasar aquí las vacaciones. Últimamente se dejaba convencer de demasiadas cosas. ¿Últimamente? Comenzó a nadar, despacio, dejando que la sal le despejara las narices. Pero, ¿tener otro hijo? Desde la distancia que había ganado miró hacia tierra. Le subyugaba tanta belleza. Aspiró la sustancia salina y fresca, picante. Aún a esa distancia considerable podía reconocer ese aroma de podredumbre de los bosques vírgenes y los prados y caminos plenos de hojas unas encimas de otras, pegadas con barro fresco de la última lluvia, siempre hace poco, formando estratos vivos llenos de fértil humus, de gusanos y larvas y caracoles. Aún en agosto todo era húmedo y vívido, casi dolía mirar. Agradecía el respiro de un día nublado. Había estado en otros lugares así, lugares que te hacen sentir minúscula, culpable, que te recuerdan que podías haberlos elegido pero mordiste la manzana y sólo tienes servidumbre de vistas. Por eso ella prefería la simpleza de la aridez y la hiperconstrucción como atrofia metastásica, donde no había preguntas y si las había tenían una respuesta sencilla y un horario preestablecido, el paseo marítimo a la derecha y a la izquierda, asoleado desde el amanecer hasta la noche cada noche estrellada. Era reconfortante flotar en el agua transparente, se miró un momento los pies, las uñas rojas y al fondo una manta de arena húmeda que no podía alcanzar. Miró hacia el otro lado, hacia el agua plana como una palma solícita. Desde allí podía ver la otra playa, a la que se accedía por las rocas en pleamar. Pensó que le gustaría ir nadando hasta allí con Gary, uno de los protagonistas de Las correcciones. Fantaseó con que él llegaba también nadando, dejando atrás a Caroline y a sus tres hijos y que entablaban una breve conversación ayudada de su paleolítico inglés y nadaban hasta la playa solitaria, fuera de la vista de su marido y de Caroline, se tumbarían en la arena bajo el sol inexistente y volverían a un estado salvaje. Interrumpió sus ensoñaciones un chapoteo a unos veinte metros de ella, algo aparecía y desaparecía bajo las olas. En un impulso nadó rápidamente hacia allí. ¿Un imprudente que se aferraría a su cuello para ahogarse los dos? O puede que alguien se hubiera arrojado del acantilado, alguien que no deseaba ser salvado. Casi se pega un golpe con la roca. Sólo eso. 
Su respiración agitada la hizo volver a dejarse flotar de cara al cielo blanquecino como leche. Lo acababa de decidir. Le diría esa noche a su marido que no quería tener más hijos. Ya iban tres días de siesta insatisfecha. Le asombró su propia avaricia. Aún estaba a tiempo de corregir. Los minutos que había pensado en Gary y en la forma en que podría conquistarlo y arrastrarlo a la playa inaccesible estaban cercanos. Pero Gary no traicionaría a Caroline. Por una u otra razón, por cobardía, por amor, por simple acomodación, pero era un hecho. Cuando recobró la verticalidad para volver a nadar hacia la orilla, un rayo dibujó una perfecta línea fosforescente, un relámpago mudo y hermoso. La tormenta estaba lejos pero el rayo se metió en su cuerpo con un escalofrío que la recorrió. Sería fácil dejarse llevar por ese mar calmo, nadar contra la corriente que pronto la dejaría sin fuerzas para regresar. Aunque más fácil aún iba a ser hundirse cómodamente en el azul de los ojos de su marido cuando le hiciera el amor después de comer, y de la mano la llevase con un poco de suerte a la parejita y a las siguientes vacaciones en la playa.
Salió porque efectivamente era demasiado tarde para experimentos y aventuras. Mandaría una postal a sus padres con la imagen de los Picos de Europa, las doradas arenas enmarcadas en verde y azul, sacaría fotos, el paraíso estaba enlatado y ella metería en él un abrelatas y lo serviría para cenar en tortilla y ensalada. Y el año que viene, con la excusa de la barriga o del bebé, exigiría un apartamento en primera línea de una playa concurrida, con una buena urbanización a sus espaldas y todos los servicios.
Al pasar saludó a su hijo con un beso y a su marido con una palmada en el culo, los dejó confraternizando con otras familias igual de simpáticas y extrovertidas que ellos y se tumbó a seguir mancillando, esta vez con crema de alta protección solar, las correcciones de Jonathan Franzen.

Basado en los hechos reales de Anhedonia, Egoestratosférico

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