jueves, 7 de abril de 2016

Burdeos

Me desperté y lo primero que vi fue un pájaro en la esquina del edificio. El edificio de enfrente era un cubo de cristal que reflejaba nuestra fachada y el cielo. El pájaro estaba justo en el vértice izquierdo, el más cercano a la luz del amanecer.
Era todo lo que yo podía ver tumbada en la cama. No quería moverme y al parecer el pájaro tampoco. No sé qué clase de pájaro era, no parecía una paloma, ni tampoco una gaviota. ¿Un ave rapaz en medio de la ciudad? Él dormía a mi otro lado. No oía su respiración, pero sentía su presencia, algo que ocupaba la habitación y la enorme cama, yo que estoy muchas veces sola reconozco el cambio en la humedad, en la densidad del aire, que ocurre cuando estás acompañada.
Aún no le conocía tanto como para haber olvidado la sensación de no conocerle. Podía recordar qué era no saber cosas sobre él y solo suponerlas o imaginarlas. Ahora conocía algunos detalles e ignoraba muchos otros. Por ejemplo, si había hecho el amor con muchas mujeres. Y en qué le parecía yo diferente, si lo era, de todas las demás. Era una absurda teoría mía que las mujeres a las que han llegado mis ex amantes después de mí son mujeres perfectamente razonables. Mujeres dulces y generosas, buenas por naturaleza, que les han dado hijos a los que son incapaces de pegar, mujeres equilibradas que no montan números ni rompen puertas. Por qué mis amantes han pasado de mí a esas mujeres nunca lo he entendido, prefiero pensar que se conforman con una mujer más convencional, aunque no estoy segura. Cuando veía a la mujer de mi último amante, con sus dos hijos, en el parque cercano a mi casa, me venían a al cabeza las discusiones, las peleas, el aborto, los portazos y arañazos, los gritos descontrolados, que causaron daños colaterales, daños permanentes.
Con él aún no había pasado nada. Tampoco conocía a sus anteriores amantes. ¿Desde qué tipo de mujer se podía llegar a mí?
Me volví para mirarle. Su cara cerca de la mía, su barba oscura, la piel tersa de su frente convirtiéndose en un cráneo esquilado, como una bola de cristal llena de acontecimientos futuros, felices.
El día anterior, al llegar a la habitación, él me había tumbado sobre la cama y me había desnudado. No le dije nada y le dejé hacer, por miedo a molestarle o a que pensara que no me apetecía, porque sí me apetecía, aunque hubiera preferido deshacer la maleta, curiosear la habitación, antes. Me sigue sorprendiendo la forma súbita que tiene concentrarse en mí. Y aún así no resulta brusco sino todo lo contrario. La primera vez que hicimos el amor fue tan tierno que me emocioné, aunque hacía mucho que estaba sola y pudo ser por eso. No me hizo sentirme ridícula por llorar.
Era profesor. Lo había conocido en un bar donde se reúne la gente para hablar en francés. Por eso habíamos decidido venir aquí. Daba clases en un instituto. Francés, latín. Era más joven que yo, no demasiado pero lo suficiente para que me molestara. Le gustaba leer biografías y ensayos aburridísimos, vestía de manera despreocupada aunque sin llegar a ser desaliñado, fumaba, vivía solo, seguro que a veces no le apetecía ducharse o prepararse una comida saludable. Yo me preguntaba si su timidez de algunos momentos manifestaba cierta vulnerabilidad. Estaba enamorada de él.
Volví a mirar hacia la ventana, deseando que el pájaro no hubiera volado. Ahora se movía, picando algo o simplemente buscando equilibrio.
Él alargó un brazo y lo pasó por mi cintura. Su mano sobre mi cuerpo, una mano morena, una mano de dedos delicados pero fuertes, que aún olerían a mí. No quería que nos despertásemos, quería seguir observando el pájaro, pensando en silencio, sintiendo el lejano murmullo del tráfico ahí abajo, pero él se movía ya, apretándose contra mí, respirando sobre mi nuca.
- Mira, hay un pájaro ahí...
Cuando señalé a la ventana, el pájaro ya no estaba.

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